todavía hay olor a azufre
Y no hablo de mi pieza.
Hablo del estrado desde el cual cada presidente habla frente al pleno de las Naciones Unidas.
Estrado que tuvo a Salvador Allende proclamando "venir de un país pequeño", y tras el cual es la única vez que he visto a todos aplaudiendo de pie (hoy Bachelet le hace un pequeño guiño en su discurso al decir "vengo de un país...").
Estrado desde el cual, acabo de verlo en las noticias, Chávez se atreve a decir que Bush es el diablo.
El periodista de CHV recalcaba que sus colegas de Afganistán y Rusia estaban sorprendidos, pues no conocían el estilo de Chávez, algo así como que "no estaban acostumbrados".
Y yo me pregunto, me cuestiono ¡qué pena que él, que nosotros, sí estemos acostumbrados!
Estemos acostumbrados a la pobreza.
Al hambre.
A la muerte.
A la injusticia.
A que nos hablen de globalización si hay niños que ni siquiera han tenido un globo en la mano y ni siquiera tienen idea lo que es.
Insisto, yo no soy ninguna puta miss mundo ni nada que aboga públicamente por la paz en el mundo.
Yo simplemente recibo este tipo de discursos como una afrenta a mi paja existencial, a esos craneos constantes sobre el ser y la muerte, empezando así y una vez más, mis disputas internas entre lo que yo quiero para mí y lo que yo creo que es mejor para mi entorno.
Más de una vez he sentido el arrebato de agarrar mis cosas y hacer algo por África. De verdad, no se rían. Al punto que he hablado con franceses que organizan trabajos comunitarios en Togo.
- Mais tu dois te paier ton billet d'avion depuis le Chili, et un peu plus.
- Combien ça se fait finalement?
- Plus ou moins, 3000 euros.
- 3000 euros??? mais pour ça, j'envoi l'argent au Togo au lieu d'y aller à jouer à l'aide humanitaire!
Y luego te cuestionas si como simple misionero que va a ayudar unos meses, de verdad lograrás hacer todo lo que podrías hacer posicionándote en tu entorno, y desde ahí, desde un lugar de poder y decisión, emprender entonces una ayuda potente. Eficaz.
"Pero los niños se está muriendo de hambre hoy día" piensas.
"Pero podría llegar a ayudar de mejor manera siendo un tipo importante".
Peleas internas que terminan agobiándote.
Tirado en la cama.
Tirado en la cama, rascándote, mientras ves la tele o tu ombligo, que a fin de cuentas es el ombligo de todo el país.
("La tele: el ombligo de Chile" ¡qué buen título!).
A fin de cuentas, viendo la TV hoy, vi a Chávez diciendo lo que decía.
Y pensé, como cada vez que me dan estos impulsos megalómanos.
"Yo voy a estar en la ONU, porque aparte, qué tienen todos esos tipos de terno que yo no tenga o no pueda tener a su edad... no son más que yo. Y yo quiero, ¡me muero! por hacer de este planetucho un lugar menos injusto".
Hagan copy paste de esto que acabo de declarar, para que me lo manden por mail a pedro.pineda@onu.com en unos treinta, cuarenta años más.
O al mail de siempre, si finalmente he optado por quedarme en casa con mis seis hijos y Mireia.
¿Qué mierda hacer?
Hablo del estrado desde el cual cada presidente habla frente al pleno de las Naciones Unidas.
Estrado que tuvo a Salvador Allende proclamando "venir de un país pequeño", y tras el cual es la única vez que he visto a todos aplaudiendo de pie (hoy Bachelet le hace un pequeño guiño en su discurso al decir "vengo de un país...").
Estrado desde el cual, acabo de verlo en las noticias, Chávez se atreve a decir que Bush es el diablo.
El periodista de CHV recalcaba que sus colegas de Afganistán y Rusia estaban sorprendidos, pues no conocían el estilo de Chávez, algo así como que "no estaban acostumbrados".
Y yo me pregunto, me cuestiono ¡qué pena que él, que nosotros, sí estemos acostumbrados!
Estemos acostumbrados a la pobreza.
Al hambre.
A la muerte.
A la injusticia.
A que nos hablen de globalización si hay niños que ni siquiera han tenido un globo en la mano y ni siquiera tienen idea lo que es.
Insisto, yo no soy ninguna puta miss mundo ni nada que aboga públicamente por la paz en el mundo.
Yo simplemente recibo este tipo de discursos como una afrenta a mi paja existencial, a esos craneos constantes sobre el ser y la muerte, empezando así y una vez más, mis disputas internas entre lo que yo quiero para mí y lo que yo creo que es mejor para mi entorno.
Más de una vez he sentido el arrebato de agarrar mis cosas y hacer algo por África. De verdad, no se rían. Al punto que he hablado con franceses que organizan trabajos comunitarios en Togo.
- Mais tu dois te paier ton billet d'avion depuis le Chili, et un peu plus.
- Combien ça se fait finalement?
- Plus ou moins, 3000 euros.
- 3000 euros??? mais pour ça, j'envoi l'argent au Togo au lieu d'y aller à jouer à l'aide humanitaire!
Y luego te cuestionas si como simple misionero que va a ayudar unos meses, de verdad lograrás hacer todo lo que podrías hacer posicionándote en tu entorno, y desde ahí, desde un lugar de poder y decisión, emprender entonces una ayuda potente. Eficaz.
"Pero los niños se está muriendo de hambre hoy día" piensas.
"Pero podría llegar a ayudar de mejor manera siendo un tipo importante".
Peleas internas que terminan agobiándote.
Tirado en la cama.
Tirado en la cama, rascándote, mientras ves la tele o tu ombligo, que a fin de cuentas es el ombligo de todo el país.
("La tele: el ombligo de Chile" ¡qué buen título!).
A fin de cuentas, viendo la TV hoy, vi a Chávez diciendo lo que decía.
Y pensé, como cada vez que me dan estos impulsos megalómanos.
"Yo voy a estar en la ONU, porque aparte, qué tienen todos esos tipos de terno que yo no tenga o no pueda tener a su edad... no son más que yo. Y yo quiero, ¡me muero! por hacer de este planetucho un lugar menos injusto".
Hagan copy paste de esto que acabo de declarar, para que me lo manden por mail a pedro.pineda@onu.com en unos treinta, cuarenta años más.
O al mail de siempre, si finalmente he optado por quedarme en casa con mis seis hijos y Mireia.
¿Qué mierda hacer?
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