la casa de las ocho mujeres
Suena el teléfono.
Nadie responde.
- Respoooondaaaaan - grita Bárbara.
- Puta la casa de las pajeras - digo acostado al lado de ella y de Valeria.
Tamara en el computador sin pescar a nadie más que a su conquista quinceañera de la noche anterior y seguramente la Blanqui lavando los platos en la cocina al lado del teléfono sin querer responder. Para qué, si debe ser para alguna de las niñas. Adivino también que goza dejándolo sonar para que al menos las moleste el ring ring.
- Y pensar que hace siete años yo siempre llamaba y no me respondían en esta casa - dije aludiendo la época escolar en que pololeaba con Valeria - ¡pobres cabros los que siguen llamando a esta casa!
Loreto está separada de su esposo poeta con quien escribió sin versos la vida de sus cuatro hijas. De gorila mayor a monito menor: Valeria, Bárbara, Carla y Tamara.
- La regla número uno para cualquier pretendiente es conquistar a la Blanqui. Quien no cumpla con eso no tiene mucho futuro en esta casa - dije hoy al almuerzo y todas se rieron.
Y claro ¿quince años trabajando acá? En que su poder tras los "No, ese chico no es para ti" o los "lindo el niño que te vino a ver ah!" pueden resultar decisivos en la elección entre las varias opciones de sus niñas.
Me quedé a dormir anoche acá, almorzamos juntos y me quedo a dormir esta noche otra vez.
- Y usted, nunca más me fue a visitar - me dice la Uca. La reina madre. La abuela. La que me recibía en su casa en Santiago para todos los eventos familiares en que Valeria me llevaba como pololo años atrás. Viuda hoy, se vino a respirar el sur.
Uno dos tres cuatro cinco seis siete.
Y dije ocho mujeres.
Sí. Y es que Trinidad es la gata más linda que he visto en mi vida.
La casa de las ocho mujeres.
En el refrigerador colgaba un papelito de bienvenida para las tres mayores. Las tres universitarias que volvían de Santiago.
Regla número nueve:
Ningún hombre puede estar en el segundo piso si me encuentro yo en la casa. Esta regla no aplica para el Pepé.
Pepé porque P y P.
P de Pedro.
Y P de Pineda.
Voy manejando con el vidrio abajo. Veo al Enzo con Pérez caminando en la calle frente al Blockbuster. Grito "hué", que es el sobrenombre del Enzo y los saludo sacando la cabeza del auto como lo haría Ace Ventura.
- Este hueón barsa, manejando el auto de las Riedemann.
Sigue el ring ring.
- Ya po respondan - vuelve a gritar Bárbara.
Me estiro en la cama. Pongo la cabeza en ambas manos levantando los codos. Cual hamaca.
- Así es no más. Que sigan llamando e intentándolo pues ésta es la paga después de tantos años de esfuerzo. De intentos por entrar a la familia. De caerles bien y ser honesto con todas ustedes. De quererlas. Años de "humillación" y resistencia. No es fácil. No señores.
Nadie responde.
- Respoooondaaaaan - grita Bárbara.
- Puta la casa de las pajeras - digo acostado al lado de ella y de Valeria.
Tamara en el computador sin pescar a nadie más que a su conquista quinceañera de la noche anterior y seguramente la Blanqui lavando los platos en la cocina al lado del teléfono sin querer responder. Para qué, si debe ser para alguna de las niñas. Adivino también que goza dejándolo sonar para que al menos las moleste el ring ring.
- Y pensar que hace siete años yo siempre llamaba y no me respondían en esta casa - dije aludiendo la época escolar en que pololeaba con Valeria - ¡pobres cabros los que siguen llamando a esta casa!
Loreto está separada de su esposo poeta con quien escribió sin versos la vida de sus cuatro hijas. De gorila mayor a monito menor: Valeria, Bárbara, Carla y Tamara.
- La regla número uno para cualquier pretendiente es conquistar a la Blanqui. Quien no cumpla con eso no tiene mucho futuro en esta casa - dije hoy al almuerzo y todas se rieron.
Y claro ¿quince años trabajando acá? En que su poder tras los "No, ese chico no es para ti" o los "lindo el niño que te vino a ver ah!" pueden resultar decisivos en la elección entre las varias opciones de sus niñas.
Me quedé a dormir anoche acá, almorzamos juntos y me quedo a dormir esta noche otra vez.
- Y usted, nunca más me fue a visitar - me dice la Uca. La reina madre. La abuela. La que me recibía en su casa en Santiago para todos los eventos familiares en que Valeria me llevaba como pololo años atrás. Viuda hoy, se vino a respirar el sur.
Uno dos tres cuatro cinco seis siete.
Y dije ocho mujeres.
Sí. Y es que Trinidad es la gata más linda que he visto en mi vida.
La casa de las ocho mujeres.
En el refrigerador colgaba un papelito de bienvenida para las tres mayores. Las tres universitarias que volvían de Santiago.
Regla número nueve:
Ningún hombre puede estar en el segundo piso si me encuentro yo en la casa. Esta regla no aplica para el Pepé.
Pepé porque P y P.
P de Pedro.
Y P de Pineda.
Voy manejando con el vidrio abajo. Veo al Enzo con Pérez caminando en la calle frente al Blockbuster. Grito "hué", que es el sobrenombre del Enzo y los saludo sacando la cabeza del auto como lo haría Ace Ventura.
- Este hueón barsa, manejando el auto de las Riedemann.
Sigue el ring ring.
- Ya po respondan - vuelve a gritar Bárbara.
Me estiro en la cama. Pongo la cabeza en ambas manos levantando los codos. Cual hamaca.
- Así es no más. Que sigan llamando e intentándolo pues ésta es la paga después de tantos años de esfuerzo. De intentos por entrar a la familia. De caerles bien y ser honesto con todas ustedes. De quererlas. Años de "humillación" y resistencia. No es fácil. No señores.

