Después de mucho pensarlo, Pedro y yo decidimos conocernos.
El lugar sería sorpresa. Al igual que la actividad. Día y hora: sábado 19 de noviembre, 16:45 horas. ¡Qué genial! Pedro no sabe que el 19 es mi número favorito. También el que siempre me ha traído suerte. Y eso que la fecha la escogió él.
¿Coincidencia? A estas alturas ya no creo en ellas.
La noche anterior me llama por teléfono. Por cuestiones de lejanía al aparato en cuestión, no puedo contestarle. Deja un recado en el buzón de voz. Escueto, práctico, divertido. Con risa y todo. Su voz es la que ya había vislumbrado en otra ocasión. La que me había encantado.
Llega el día D.
La mañana transcurre entre trabajos pendientes y una que otra vuelta a lo que se viene. ¿Me iré a arrepentir de esto que estamos a punto de hacer? ¿Será este el comienzo del fin? ¿Cómo nos va a afectar el vernos, olernos, mirarnos, sentirnos? ¿Seguiremos siendo buenos amigos, nos convertiremos en algo más, o la mutua decepción nos llevará a seguir cada uno por su camino? Sólo hay una manera de saberlo: haciéndolo.
Horas antes de la cita, Pedro nuevamente por teléfono. Esta vez yo estoy cerca, por lo que le contesto.
- Tengo un problema - dice.
"Maldita sea" pienso. "Se arrepintió".
Sin embargo no es eso. Un simple cambio de planes. Nuevo lugar, nuevo horario. Para peor, descubrió mi plan original. Este hombre no deja de sorprenderme. Hablamos poco, él reía. ¿Nervioso? ¿Divertido? ¿Complicado? Yo... todo a la vez. El teléfono nunca ha sido mi amigo, no me siento interpretada por él. La cuenta me sale barata. Siempre me sobran minutos.
Cercana a la hora, decido tomarme una micro y luego el metro. Hace tiempo que no los uso, y me parece una excelente manera de tomarle el pulso a la ciudad. Me entretengo observando a la gente, me toca escuchar una conversación triste en el asiento de al lado. Con llanto y todo. Pobre señora, con sus problemas familiares y su pena. Ojalá todo mejore.
Llego a destino veinte minutos antes. Alemana como siempre. Aprovecho de caminar un rato, de relajar los nervios que de a poco se han ido apoderando de mí. El parque forestal me ofrece el reflejo de una tarde perfecta. Me dirijo al Bellas Artes y me dedico a mirar a los que confluyen en su entrada. Debo acercarme bastante, últimamente la vista me falla un poco.
Un par de veces creo descubrirlo, pero no es él. Demasiado bajo, demasiado pelado, demasiado no Pedro.
Me siento en un banco en actitud de espera. No soy la única. A mi lado, una pareja lidia con la cadena de su bicicleta. Me da risa su complicación. Y a la vez, su simpleza.
Pasa el rato.
Estiro mis brazos, respiro profundo.
Si es cierto aquello de su puntualidad ¿cómo fue que dijo? ¿terrible? Pedro está a punto de aparecer.
Y lo hace.
De frente a mí.
Camina rápido, decidido.
Alto, un poco desgarbado, polera roja.
Antes de poder distinguir sus rasgos, algo ya me dice que se trata de él. Se acerca directamente, también él me ha reconocido. Le hago un gesto de silencio. Asiente con la cabeza, cerrando un poco un ojo, cómplice.
Sus gestos son tal y como me los imaginaba.
Entramos al museo y pasamos por la entrada con solo un saludo.
No entiendo nada, pero no importa.
Prefiero mirarlo, seguirlo, entretenerme de veras con este juego de mímicas que tenemos, cual Marcel Marceau.
Hace rato que el nerviosismo previo se esfumó. Me siento como la cantante que espera su salida al escenario, con las manos crispadas. Pero una vez frente al micrófono, es capaz de realizar su presentación sin un traspié. Esa soy yo ahora. Estoy cómoda, me siento segura, las expectativas se acabaron y estamos en lo real.
Llegamos arriba y nos sumergimos en Warhol.
La zebra, literalmente, me raya.
Me gusta también el hecho de que cada uno siga su ritmo, que respetemos nuestros espacios, que seamos independientes.
Reímos al descubrir nuestro parentesco con el expositor en lo que a zapatos se refiere.
Intento de veras entender a Andy, pero sólo me resulta por momentos.
Me parece más relevante, más contingente, el punto rojo que baila a mi alrededor. O alrededor del que yo bailo. "Esto es como la cueca" se me ocurre, ya cerca de la puerta de salida. Un tira y afloja, un acercase y alejarse repetidos, como si quisiéramos, pero a la vez no, estar próximos el uno del otro.
Ya afuera, cuando la atmósfera casi mágica del Bellas Artes no nos protege, las ganas de decir algo se me arrancan por los poros.
Tomo aire y él me detiene. Por un segundo más.
Luego lanza, a quemarropa:
- ¿Te gustó? - con su voz característica, que ya puedo reconocer.
Pedro habla rápido, con una voz casi disfónica, especial.
- Mucho - digo, con fuerza.
Es verdad. Me gustó. No solo la exposición. Las circunstancias, la compañía, el momento. Se me hizo perfecto, ideal.
Nos sentamos, exactamente en el mismo lugar donde yo lo esperé. Ninguno de los dos lo hace de la manera tradicional. Él, como a caballo en el banco. Yo, piernas cruzadas. De frente.
Hablamos.
Lo miro, muy fijamente, Pedro en cambio pasea su mirada por todas las cosas. Pocas veces se detiene a mirarme. No sé cómo interpretar eso. Puede estar incómodo, o nervioso, pero su hablar no lo manifiesta. Me cuenta cosas. Diversas. Importantes y de las otras. Yo también le cuento algunas.
Reparo en sus calcetines, dispares. Se lo comento, y volvemos a reír.
Pedro me pregunta si quiero que vayamos a tomar un café por ahí. En verdad me encantaría. Nos ponemos de pie y empezamos a caminar, lo sigo sin temor.
Llegamos a un café que él conoce de antes, también es una librería. Me pregunta si prefiero adentro o afuera.
- Afuera, obvio.
Nos sentamos, esta vez no frente a frente, más bien uno al lado del otro. Nos traen las cartas, pero estamos conversando, demasiado entusiasmados. Nos cuesta un poco concentrarnos en lo que vamos a pedir. Siguiendo su sugerencia, pido un Submarino. Él pide un jugo de Guananosequé, y yo pienso que es realmente una persona bastante valiente.
Una vez que hemos pedido, cada uno se relaja.
La mesa es chica, las larguísimas piernas de Pedro se topan con las mías bajo ella. Sin embargo, ninguno de los dos rehuye el contacto.
Y pensar que no le gusta que lo toquen, me acuerdo.
Quizás le gusta tocar, me digo. O tal vez no ha reparado en este encuentro. A lo mejor ni siquiera lo considera. Pero yo sí, y me acomoda.
Pedro empieza a preguntarme cosas. Cuasi sicólogo. La dinámica me es favorable, a mí que siempre me ha gustado hablar.
Al par de preguntas se echa para atrás, lanza una carcajada franca y me dice:
- Me caes bien, ¿sabías?.
No sé qué contestar.
Podrían ser muchas cosas.
Tú también a mí.
¡Qué trillado!
¡Qué rico, me moriría si no fuera así!.
No.
Suena casi a declaración.
Mejor no digo nada y me uno a su risa.
Desmenuzamos algunas de las historias que ya habíamos comentado a través de MSN. Se impresiona de mi memoria y de la capacidad que tengo para asociar acontecimientos, datos y personas. Lo siento Pedro. Estudio a la gente y las cosas que pasan casi sin darme cuenta. Es una habilidad que uso mucho. Pero que a la vez no uso. Porque no me gusta inmiscuirme en la vida de las personas sin que ellos me den permiso.
- Cuéntame algo, Pedro.
- Cuento el número de letras que tienen las palabras.
- ¿¿??
- Es algo casi inconsciente.
- A ver... edificio.
- 8 - dice casi instantáneo.
Saco la lengua para contar.
Me demoro.
Pero es cierto.
- Oye, eso es como de autista.
- Ja, lo sé.
Los temas van pasando por delante de nosotros, fluyen, no nos cuesta hablar de nada.
Por momentos me parece que él toma distancia, que se protege, no por mí, sino por él.
En algún momento me dice que piensa que estamos posando.
No sé tú, lo que es yo, imposible. Sólo sé ser de una manera. Afortunadamente, la mayor parte de las veces. Otras, me gustaría poder esconder un poco más lo que pienso y lo que siento.
Para cuidarme, como tú.
Pero es imposible. Así que hablo y actúo todo el tiempo con la verdad. Con mi verdad. Que a veces habla bien de mí, otras no tanto.
Una sola vez se le escapa mi nombre de la boca.
Dentro de una frase cualquiera, sale al aire mi nombre que me deja paralizada.
De modo que así es como sueno en versión Pedro.
Me gusta.
Pero no digo nada.
Veamos si se repite.
Lamentablemente no me da en el gusto.
Descubro que tengo cuatro llamadas perdidas. Dos de mi casa. Dos de Rafa. Mis amigos me llaman porque tenemos un cumpleaños. No sé si quiera ir, tengo mucho que pensar. Mis papás me rastrean. Quieren saber dónde estoy. No sé si quiero contarle a alguien dónde andaba.
No devuelvo ninguna.
Comienza a oscurecer, y nosotros, lápiz y papel en mano, jugamos, dibujamos, nos enseñamos cosas.
Me gusta ver sus ojos, brillando interesados, pensando, escrutando. Son, al menos en apariencia, idénticos a los míos. De un café intenso, acaramelados, achocolatados, ojos como pozos profundos.
A estas alturas ya hemos repasado parte de nuestras vidas, las teorías locas de Pedro, como aquella de que todo en la vida se relaciona con el sexo ("¿y dormir, Pedro?" se echa para atrás en la silla, mano en la barbilla, me parece que sin querer le derribé su tesis...)
Libros, música, amores, pareja, hermanos, trabajo, experiencias varias, todo ha pasado por nuestra pequeña mesa.
También un tipo que nos trata de engrupir y se larga enojado con mi franqueza.
¡Para qué quiero escucharlo, si estoy hablando con Pedro!
Ya son las diez y algo, nos invitan de manera muy educada a retirarnos, trayendo la cuenta. Me ofrezco a pagar a medias, pero él insiste en invitar.
- Bueno, la próxima vez invito yo.
- ¡Qué bien!, va a haber una próxima vez - comenta.
Qué bueno que sientas que es bueno que va a haber una próxima vez, me digo.
Perfectamente podríamos dar por terminado el encuentro en este momento. En realidad pudimos hacerlo hace rato. Pero parece que no tenemos ganas. Por lo menos, yo estoy feliz, han pasado como si nada casi cinco horas, sin sentirse.
Pedro me propone que caminemos un rato por Lastarria.
Avanzamos, entre muchas personas que caminan, como nosotros. Observamos edificios maravillosos, y nos imaginamos cómo será vivir en ellos.
A pesar de sus piernas largas, no me cuesta seguirlo. ¿Será porque camina lento para mí, o porque yo soy acelerada y voy tratando de alcanzarlo?
Mmmm, no sé.
Puede ser un poco de las dos.
Me ofrece llevarme a mi casa. Le agradezco el gesto. Me abre la puerta del auto. Vuelvo a agradecer. Y se ríe.
- ¡Que eres tonta! - agrega con cara de niño malo.
- ¿Y yo qué hice? No entiendo.
Kilos de mala publicidad acerca de su manera de manejar, todo esto antes de haber salido del estacionamiento.
La verdad es que no tengo miedo.
Además, no me doy el tiempo de fijarme.
Estoy demasiado entretenida escuchándolo, observándolo.
Curiosamente, cuando maneja es cuando más me mira.
El viaje se hace corto, llegamos demasiado pronto a mi casa.
Nos despedimos, le doy otra vez las gracias por todo, le deseo suerte en los exámenes.
No me he bajado pero ya sé que tengo ganas de más.
Ojalá él piense y sienta lo mismo.
Respiro aliviada cuando entro a mi casa.
Prueba superada.
Exitosamente.
- ¿Dónde andabas? - me dice mi mamá.
- Por ahí, tomando café.
Menos mal no pregunta más. No quiero entrar en detalles, esto es mío.
- Ah, oye, te ha estado llamando el Rafa.
- Ya.
Tomo el teléfono y le devuelvo las llamadas.
- Voy saliendo a buscarte, no se admiten réplicas. Me tienes que acompañar a otro cumpleaños primero, y de ahí nos vamos rajados al de María. Espérame lista, estoy allá en cinco minutos.
- Estoy lista - digo con un entusiasmo, a todas luces, deficiente.
- Increíble, si hasta regalo compré a nombre de los dos.
A los cinco minutos, y tal como anunció, Rafa aparece en su auto.
Me subo, y cuando me pregunta el "¿Cómo estai?" de rigor.
Le devuelvo, un más que sincero: "Súper bien".