28 noviembre 2005

mensaje de texto (lo que son las ex del colegio)

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3:50 am

Hola en k estai? hay tremendo carret en mi casa.

love you val




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24 noviembre 2005

turn it off!

No lo podía creer.

Habíamos estudiado.

Estábamos hecho una máquina.

Y entonces, mientras veía en la pantalla mi nota en la prueba, y por consiguiente que tengo que sacarme un cuatro pela'o en el examen, casi me voy de raja.

Me bajoneé.

¡No entiendo cómo!

Ni Daniel ni yo.

Un cuatro en el examen de este ramo, con estos profes y estos ayudantes mala onda es muy muy muy dificil.

Es el viernes, en ocho días más.

Y es tanto mi urgimiento, porque aparte tengo cinco exámenes más la otra semana para los cuales no pienso estudiar, que nada.

No blog for me these next eight days.

Eso.

¡Brreeeeeeeveeeeeeess notas!

Natlia, mañana no voy a Zazen. Ya ves, estoy realmente urgido y no quiero hacer más que estudiar.

Para un par de personas. Lo siento. No va a haber versión Pedro de la cita, al menos no hasta el próximo viernes.

Para las mismas personas. Dije que era un total chico looser en medio de una fiesta. No hablé de citas en museos o con un chocolate caliente en la mano.

Fredes. Sí. Primera es genial. Maldito ¿por qué me delatas y cuentas sobre mis blue mushrooms?

A todos y todas. Hay muchos posts en los últimos días, así que tienen pa' entretenerse un buen rato.

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23 noviembre 2005

lluvia

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Gorgoteo en el techo de mi edificio.

Vivo en el último piso.

Corro un poco la cortina, con los dos hombros pegados a la cama.

Dormido.

Está lloviendo.

¡Qué rico!

¡Está lloviendo!

Suena igual a cuando vivía en Puerto Montt.

¡Quééééé ricooooo!

Y yo acostado.

Me pongo el plumón encima de la cabeza.

Subo las rodillas hasta tocarme el pecho.

Estoy en Puerto Montt.

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Pedro, cita blogger

Después de mucho pensarlo, Pedro y yo decidimos conocernos.

El lugar sería sorpresa. Al igual que la actividad. Día y hora: sábado 19 de noviembre, 16:45 horas. ¡Qué genial! Pedro no sabe que el 19 es mi número favorito. También el que siempre me ha traído suerte. Y eso que la fecha la escogió él.

¿Coincidencia? A estas alturas ya no creo en ellas.

La noche anterior me llama por teléfono. Por cuestiones de lejanía al aparato en cuestión, no puedo contestarle. Deja un recado en el buzón de voz. Escueto, práctico, divertido. Con risa y todo. Su voz es la que ya había vislumbrado en otra ocasión. La que me había encantado.

Llega el día D.

La mañana transcurre entre trabajos pendientes y una que otra vuelta a lo que se viene. ¿Me iré a arrepentir de esto que estamos a punto de hacer? ¿Será este el comienzo del fin? ¿Cómo nos va a afectar el vernos, olernos, mirarnos, sentirnos? ¿Seguiremos siendo buenos amigos, nos convertiremos en algo más, o la mutua decepción nos llevará a seguir cada uno por su camino? Sólo hay una manera de saberlo: haciéndolo.

Horas antes de la cita, Pedro nuevamente por teléfono. Esta vez yo estoy cerca, por lo que le contesto.

- Tengo un problema - dice.

"Maldita sea" pienso. "Se arrepintió".

Sin embargo no es eso. Un simple cambio de planes. Nuevo lugar, nuevo horario. Para peor, descubrió mi plan original. Este hombre no deja de sorprenderme. Hablamos poco, él reía. ¿Nervioso? ¿Divertido? ¿Complicado? Yo... todo a la vez. El teléfono nunca ha sido mi amigo, no me siento interpretada por él. La cuenta me sale barata. Siempre me sobran minutos.

Cercana a la hora, decido tomarme una micro y luego el metro. Hace tiempo que no los uso, y me parece una excelente manera de tomarle el pulso a la ciudad. Me entretengo observando a la gente, me toca escuchar una conversación triste en el asiento de al lado. Con llanto y todo. Pobre señora, con sus problemas familiares y su pena. Ojalá todo mejore.

Llego a destino veinte minutos antes. Alemana como siempre. Aprovecho de caminar un rato, de relajar los nervios que de a poco se han ido apoderando de mí. El parque forestal me ofrece el reflejo de una tarde perfecta. Me dirijo al Bellas Artes y me dedico a mirar a los que confluyen en su entrada. Debo acercarme bastante, últimamente la vista me falla un poco.

Un par de veces creo descubrirlo, pero no es él. Demasiado bajo, demasiado pelado, demasiado no Pedro.

Me siento en un banco en actitud de espera. No soy la única. A mi lado, una pareja lidia con la cadena de su bicicleta. Me da risa su complicación. Y a la vez, su simpleza.

Pasa el rato.

Estiro mis brazos, respiro profundo.

Si es cierto aquello de su puntualidad ¿cómo fue que dijo? ¿terrible? Pedro está a punto de aparecer.

Y lo hace.

De frente a mí.

Camina rápido, decidido.

Alto, un poco desgarbado, polera roja.

Antes de poder distinguir sus rasgos, algo ya me dice que se trata de él. Se acerca directamente, también él me ha reconocido. Le hago un gesto de silencio. Asiente con la cabeza, cerrando un poco un ojo, cómplice.

Sus gestos son tal y como me los imaginaba.

Entramos al museo y pasamos por la entrada con solo un saludo.

No entiendo nada, pero no importa.

Prefiero mirarlo, seguirlo, entretenerme de veras con este juego de mímicas que tenemos, cual Marcel Marceau.

Hace rato que el nerviosismo previo se esfumó. Me siento como la cantante que espera su salida al escenario, con las manos crispadas. Pero una vez frente al micrófono, es capaz de realizar su presentación sin un traspié. Esa soy yo ahora. Estoy cómoda, me siento segura, las expectativas se acabaron y estamos en lo real.

Llegamos arriba y nos sumergimos en Warhol.

La zebra, literalmente, me raya.

Me gusta también el hecho de que cada uno siga su ritmo, que respetemos nuestros espacios, que seamos independientes.

Reímos al descubrir nuestro parentesco con el expositor en lo que a zapatos se refiere.

Intento de veras entender a Andy, pero sólo me resulta por momentos.

Me parece más relevante, más contingente, el punto rojo que baila a mi alrededor. O alrededor del que yo bailo. "Esto es como la cueca" se me ocurre, ya cerca de la puerta de salida. Un tira y afloja, un acercase y alejarse repetidos, como si quisiéramos, pero a la vez no, estar próximos el uno del otro.

Ya afuera, cuando la atmósfera casi mágica del Bellas Artes no nos protege, las ganas de decir algo se me arrancan por los poros.

Tomo aire y él me detiene. Por un segundo más.

Luego lanza, a quemarropa:

- ¿Te gustó? - con su voz característica, que ya puedo reconocer.

Pedro habla rápido, con una voz casi disfónica, especial.

- Mucho - digo, con fuerza.

Es verdad. Me gustó. No solo la exposición. Las circunstancias, la compañía, el momento. Se me hizo perfecto, ideal.

Nos sentamos, exactamente en el mismo lugar donde yo lo esperé. Ninguno de los dos lo hace de la manera tradicional. Él, como a caballo en el banco. Yo, piernas cruzadas. De frente.

Hablamos.

Lo miro, muy fijamente, Pedro en cambio pasea su mirada por todas las cosas. Pocas veces se detiene a mirarme. No sé cómo interpretar eso. Puede estar incómodo, o nervioso, pero su hablar no lo manifiesta. Me cuenta cosas. Diversas. Importantes y de las otras. Yo también le cuento algunas.

Reparo en sus calcetines, dispares. Se lo comento, y volvemos a reír.

Pedro me pregunta si quiero que vayamos a tomar un café por ahí. En verdad me encantaría. Nos ponemos de pie y empezamos a caminar, lo sigo sin temor.

Llegamos a un café que él conoce de antes, también es una librería. Me pregunta si prefiero adentro o afuera.

- Afuera, obvio.

Nos sentamos, esta vez no frente a frente, más bien uno al lado del otro. Nos traen las cartas, pero estamos conversando, demasiado entusiasmados. Nos cuesta un poco concentrarnos en lo que vamos a pedir. Siguiendo su sugerencia, pido un Submarino. Él pide un jugo de Guananosequé, y yo pienso que es realmente una persona bastante valiente.

Una vez que hemos pedido, cada uno se relaja.

La mesa es chica, las larguísimas piernas de Pedro se topan con las mías bajo ella. Sin embargo, ninguno de los dos rehuye el contacto.

Y pensar que no le gusta que lo toquen, me acuerdo.

Quizás le gusta tocar, me digo. O tal vez no ha reparado en este encuentro. A lo mejor ni siquiera lo considera. Pero yo sí, y me acomoda.

Pedro empieza a preguntarme cosas. Cuasi sicólogo. La dinámica me es favorable, a mí que siempre me ha gustado hablar.

Al par de preguntas se echa para atrás, lanza una carcajada franca y me dice:

- Me caes bien, ¿sabías?.

No sé qué contestar.

Podrían ser muchas cosas.

Tú también a mí.

¡Qué trillado!

¡Qué rico, me moriría si no fuera así!.

No.

Suena casi a declaración.

Mejor no digo nada y me uno a su risa.

Desmenuzamos algunas de las historias que ya habíamos comentado a través de MSN. Se impresiona de mi memoria y de la capacidad que tengo para asociar acontecimientos, datos y personas. Lo siento Pedro. Estudio a la gente y las cosas que pasan casi sin darme cuenta. Es una habilidad que uso mucho. Pero que a la vez no uso. Porque no me gusta inmiscuirme en la vida de las personas sin que ellos me den permiso.

- Cuéntame algo, Pedro.
- Cuento el número de letras que tienen las palabras.
- ¿¿??
- Es algo casi inconsciente.
- A ver... edificio.
- 8 - dice casi instantáneo.

Saco la lengua para contar.

Me demoro.

Pero es cierto.

- Oye, eso es como de autista.
- Ja, lo sé.

Los temas van pasando por delante de nosotros, fluyen, no nos cuesta hablar de nada.

Por momentos me parece que él toma distancia, que se protege, no por mí, sino por él.

En algún momento me dice que piensa que estamos posando.

No sé tú, lo que es yo, imposible. Sólo sé ser de una manera. Afortunadamente, la mayor parte de las veces. Otras, me gustaría poder esconder un poco más lo que pienso y lo que siento.

Para cuidarme, como tú.

Pero es imposible. Así que hablo y actúo todo el tiempo con la verdad. Con mi verdad. Que a veces habla bien de mí, otras no tanto.

Una sola vez se le escapa mi nombre de la boca.

Dentro de una frase cualquiera, sale al aire mi nombre que me deja paralizada.

De modo que así es como sueno en versión Pedro.

Me gusta.

Pero no digo nada.

Veamos si se repite.

Lamentablemente no me da en el gusto.

Descubro que tengo cuatro llamadas perdidas. Dos de mi casa. Dos de Rafa. Mis amigos me llaman porque tenemos un cumpleaños. No sé si quiera ir, tengo mucho que pensar. Mis papás me rastrean. Quieren saber dónde estoy. No sé si quiero contarle a alguien dónde andaba.

No devuelvo ninguna.

Comienza a oscurecer, y nosotros, lápiz y papel en mano, jugamos, dibujamos, nos enseñamos cosas.

Me gusta ver sus ojos, brillando interesados, pensando, escrutando. Son, al menos en apariencia, idénticos a los míos. De un café intenso, acaramelados, achocolatados, ojos como pozos profundos.

A estas alturas ya hemos repasado parte de nuestras vidas, las teorías locas de Pedro, como aquella de que todo en la vida se relaciona con el sexo ("¿y dormir, Pedro?" se echa para atrás en la silla, mano en la barbilla, me parece que sin querer le derribé su tesis...)

Libros, música, amores, pareja, hermanos, trabajo, experiencias varias, todo ha pasado por nuestra pequeña mesa.

También un tipo que nos trata de engrupir y se larga enojado con mi franqueza.

¡Para qué quiero escucharlo, si estoy hablando con Pedro!

Ya son las diez y algo, nos invitan de manera muy educada a retirarnos, trayendo la cuenta. Me ofrezco a pagar a medias, pero él insiste en invitar.

- Bueno, la próxima vez invito yo.
- ¡Qué bien!, va a haber una próxima vez - comenta.

Qué bueno que sientas que es bueno que va a haber una próxima vez, me digo.

Perfectamente podríamos dar por terminado el encuentro en este momento. En realidad pudimos hacerlo hace rato. Pero parece que no tenemos ganas. Por lo menos, yo estoy feliz, han pasado como si nada casi cinco horas, sin sentirse.

Pedro me propone que caminemos un rato por Lastarria.

Avanzamos, entre muchas personas que caminan, como nosotros. Observamos edificios maravillosos, y nos imaginamos cómo será vivir en ellos.

A pesar de sus piernas largas, no me cuesta seguirlo. ¿Será porque camina lento para mí, o porque yo soy acelerada y voy tratando de alcanzarlo?

Mmmm, no sé.

Puede ser un poco de las dos.

Me ofrece llevarme a mi casa. Le agradezco el gesto. Me abre la puerta del auto. Vuelvo a agradecer. Y se ríe.

- ¡Que eres tonta! - agrega con cara de niño malo.
- ¿Y yo qué hice? No entiendo.

Kilos de mala publicidad acerca de su manera de manejar, todo esto antes de haber salido del estacionamiento.

La verdad es que no tengo miedo.

Además, no me doy el tiempo de fijarme.

Estoy demasiado entretenida escuchándolo, observándolo.

Curiosamente, cuando maneja es cuando más me mira.

El viaje se hace corto, llegamos demasiado pronto a mi casa.

Nos despedimos, le doy otra vez las gracias por todo, le deseo suerte en los exámenes.

No me he bajado pero ya sé que tengo ganas de más.

Ojalá él piense y sienta lo mismo.

Respiro aliviada cuando entro a mi casa.

Prueba superada.

Exitosamente.

- ¿Dónde andabas? - me dice mi mamá.
- Por ahí, tomando café.

Menos mal no pregunta más. No quiero entrar en detalles, esto es mío.

- Ah, oye, te ha estado llamando el Rafa.
- Ya.

Tomo el teléfono y le devuelvo las llamadas.

- Voy saliendo a buscarte, no se admiten réplicas. Me tienes que acompañar a otro cumpleaños primero, y de ahí nos vamos rajados al de María. Espérame lista, estoy allá en cinco minutos.
- Estoy lista - digo con un entusiasmo, a todas luces, deficiente.
- Increíble, si hasta regalo compré a nombre de los dos.

A los cinco minutos, y tal como anunció, Rafa aparece en su auto.

Me subo, y cuando me pregunta el "¿Cómo estai?" de rigor.

Le devuelvo, un más que sincero: "Súper bien".

22 noviembre 2005

para lo buena onda Pedro y mejor acuéstate

Estaba cerrando MSN cuando x persona me habla. Llamémosla Segismunda.

- Pedro.
- Segismunda - le tecleé como respuesta.
- Estoy llorando.
- ¿De verdad?
- Sí.
- ¿Quieres que te llame o prefieres escribir por MSN? - le pregunté preocupado.
- No. Por MSN, mira lee esto.

Y así me fue haciendo copy paste de una conversa por MSN.

Conversa entre su novio y un amigo.

De esas que quedan en el historial guardadas y que la copucha la llevó a husmear.

Y nada.

La curiosidad mató al gato.

Y el gato culia'o me hace dormir una hora menos esta noche.

Presten atención.

- ¿Qué te puedo decir? TU NOVIO DA ASCO.

No era mucho más lo que podía decir después de leer los planes entre dos amigos de ir a follar con veinte lucas. Preocupados por quien lleva los condones ¿o ellas tienen gorritos? y otros detalles patéticos que no vienen al caso.

- Estoy tiritando Pedro, estoy pa' la cagá.
- Segismunda, te va a sonar loco, pero ¿quieres que te vaya a buscar?
- ¿Puedes?, ¿no te da lata? creo que me haría bien conversar un rato.
- Dale, puedo y punto.
- Gracias. Providencia con Antonio Varas en quince minutos.
- Me demoro trece.

Me demoré diez.

No estaba.

Di una vuelta.

Ahí estaba.

Avanzamos un par de cuadras mientras me hablaba.

Mejor paré el auto.

No me molestó que prendiera un cigarro.

Su mano tiritaba al tratar de encenderlo.

- ¿Qué vas a hacer?
- Terminar con él por supuesto.
- En realidad yo ni te conozco bien. Por internet sí, pero es la tercera vez que nos vemos y me preocupó que estuvieras tan mal. No sé qué decirte, pero me imagino que deberías calmarte y pensar en frío.
- ¿Y tú crees que después de algo como esto puedo seguir con él? Si se la perdono, obvio que me la va a hacer de nuevo.
- Mmm, demás. Pero no sé.

Yo dudaba porque tengo tanta experiencia en esto de las "certezas" que se desploman al primer "te extraño mucho".

En eso.

The Postal Service. El cover de Phil Collins, el mismo que está en mi radioblog.

Y en ese minuto en la radio.

88.5

Ochenta y ocho punto cinco.

- Dale, escucha este tema y olvídate de todo. Como hace uno cuando está triste y decide meterse al cine a ver alguna película y olvida por dos horas toda la pena. Es genial. Concéntrate.
- Me gustó. Buena.
- ¿Dónde quieres ir? - le pregunté.
- ¿Me llevas a mi casa?
- Obvio.

Y empecé a manejar en el sentido opuesto a su casa.

Vidrios abajo.

Rápido.

A ver si así se despejaba un poco de sus nubes.

- Pero mi casa queda pa'l otro lado.
- Si sé.
- ¿A dónde vas?
- No sé - le dije encogiéndome de hombros y dándome cuenta que Segismunda no entendía lo que estaba haciendo.

Doblé a la izquierda.

Y a la izquierda de nuevo.

Ring!!! Ring!!!

- No quiero responderle.
- Dale, respóndele.

Paré el auto, le hice señas para que se bajara y hablara tranquila.

Puse los intermitentes.

- ¿Loca yo? - alcancé a escuchar.

Seis minutos.

Se subió.

- Me dijo que era todo hueveo con un amigo.
- Mmm.
- Pedro, me está metiendo el dedo en la boca. ¡Otra vez!
- Bueno, ciérrala entonces ¡O muérdele el dedo! - le dije casi pidiéndoselo.
- Me vas a creer loca, pero él suele hacer ese tipo de bromas con sus amigos ¿Y si es verdad?

¡¿Qué?!

- Bueno si es verdad, es un picante pa' sus tallas. A mí me pareció real lo que me mostraste por MSN, pero tú verás. Tú lo conoces. Yo no. ¿Tu casa es a la derecha no?
- No, dobla a la izquierda.

Silencio.

Yo pensando en mi almohada.

- Si es verdad, puta le va a costar mucho convencerme. Mucho.
- Mmm.
- Pucha perdona - me dijo Segismunda.
- Filo. Verdad o mentira, estabas mal y me pareció bien ayudarte.
- Acá es. Gracias te pasaste.

Dedos en V le dije chao.

Se bajó.

Esperé a que abriera con su llave.

Y sólo entonces prendí la radio y puse primera.

Franz Ferdinand.

Oh.

Me gusta esa canción.

Oh well do you, do you do you want to?

sundae y octatlón

Hoy llegó Tadashi de Antofagasta.

Y como el miércoles es el primer examen que tenemos los cuatro nos juntamos a estudiar hoy en mi casa.

Los cuatro.

- ¿Con qué quieres tu mitad? - le preguntó Daniel a Tadashi con el teléfono en la oreja.
- Carne molida, jamón, choricillo y pepperoni - respondió.
- ¡Ah ya!, ¡bien vegetariana!... yo quiero lo mismo - dije.

Se rieron.

Se rieron hoy a la hora de almuerzo también, cuando me acerqué a pedir un helado al Doggis.

- Quiero un sundae - dije textual, sun-da-e.

La cajera se cagó de la risa.

- Pero ¿cómo se dice si no?
- Sandei - me dijo Tadashi.
- No po! esa hueá es lunes en inglés po.

Muchas risas.

La cajera es que cagada de la risa hasta dobló las rodillas.

- Tai clarito Pedro sandei es lunes en inglés, jajajaja - me dijo tomate.
- Oh qué tonto, verdad. Bueno, pero ¿cómo se dice entonces?
- Sande
- Ok ok, la hueá es que quiero un helado, ése de ahí, el de la foto.

Así fue todo el día.

Risas.

¡Cómo se nota que llegó Tadashi!

A catalizarlo todo.

En medio del estudio, que cundió más o menos no más:

- Tadashi, vamos a ir a hacer lanzamiento de la bala con Daniel el viernes.

(¿Les conté que ese hue'ón salió campeón sudamericano universitario y nacional adulto este año?)

- ¿La dura?, ¡qué top!
- Sí, para liberar tensiones.
- Oye ¡y si hacemos una decatlón!
- Hue'ón Daniel nos va a ganar en todo.
- Ya pero filo. Para entretenernos.
- La raja.

Al final quedó en octatlón.

Las pruebas son:

50 mts planos para ver cuan explosivos somos y porque no nos da el cuero pa los cien.
Lanzamiento de la bala (adivinen quién va a ganar).
Jabalina.
Disco.
Salto largo.
Salto alto para reirnos de Tadashi y Daniel.
800 mts planos para morir.
100 mts marcha, eso de caminar rápido y chistoso, para reirnos un rato.

Y como la materia estaba muy fome me senté en el computador.

Abrí Excel.

Y escribí la lista de pruebas y los lugares. Primero, segundo, tercero y cuarto para cada una.

- Ya cabros, tengo listo el esperto octatlón, hagan sus pronósticos.


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21 noviembre 2005

¡fredes culia'o!

ááánimo rechuchatumadre

te quiero

P

20 noviembre 2005

mi primera cita blogger

Las personas que usan MSN tienen alguna carencia.

Algo les falta.

Ya sea polola o pololo.

Un amigo. Una amiga.

Directamente sexo.

O la tarea de algún ramo.

Siempre he pensado eso.

Oficina a la que voy, gente que veo en MSN en vez de trabajar.

"Si llego a tener una empresa, no voy a permitir su uso. Bajaré el número de horas de trabajo, onda que todos se vayan a las cuatro pa' su casa pero ni cagando que usen MSN. Es mucho el tiempo productivo perdido. Mucho."

Lo he pensado muchas veces.

Por eso es que casi cada vez que me conecto, me lo cuestiono.

Me lo cuestiono en el sentido de hacerme una question: ¿y hoy por qué?

Cuando hice mi primer blog, ése del nombre raro, nunca pensé en concertar citas, ni conocer chicas.

Hace seis meses me bastaba con leer las aventuras sociales y sexuales de la gente, en particular las de Villouta que puta que eran entretenidas, hasta que claro, ocurrió el Villoutagate y desde entonces puras hueás fomes, puras portadas de revistas gringas que casi ni me interesan ni creo que vaya a leer nunca.

Entonces hice mi primer blog.

Y empecé a escribir bien profundo, mientras en el camino iba arrasando con los sentimientos de muchas personas.

Suena barsa pero eso sentí, eso leí en los comments y por eso no dejé que siguieran escribiendo sus opiniones. Por eso es que maté ese blog. Pero volví con este otro. Por eso también es que casi no he vuelto a abrirme así.

Srta Secretaria General acaba de iniciar sesión.

Aparece esa ventana abajo a la derecha de mi pantalla.

Quizá la cita que tuve ayer dé para un guión Maca. Te lo cuento y lo discutimos.

Estoy conectado a MSN pero en modo no-conectado. En ese estado voyeurista atento a hacer su entrada.

Hoy no me respondí la question.

Inercialmente me conecté y abrí mi blog para escribir sobre ayer.

Sobre mi primera cita blogger.

19 noviembre 2005

mi profe de historia del arte

- Sandra hola.
- Peeeeeedro, tanto tiempo.

Ella me encanta.

Parece que no es guapa.

Pero si me pide pololeo la pienso.

Casada y recién embarazada la pienso.

- ¿Y es guagua o guaguo?
- No sé todavía. Nace en abril recién.

Me hizo clases de historia del arte hace unos años y aunque faltaba un poco a sus cátedras, gozaba cuando iba.

Promedio siete.

Para mí era genial enterarme que muchos motivos navideños, imagen de Jesús incluida, eran publicidad descarada de los Medicis. Cosme era José. Lorenzo uno de los reyes magos. O algo así.

Ver la proporción aurea en las formas.

Saberme las copuchas de tal pintor con tal modelo.

¡De qué chucha se ríe La Gioconda!

También le hizo clases a una ex novia.

- ¿Sandra? tú haces clases en la facultad de ciencias físicas y matemáticas también ¿no? Tengo un amigo al que le haces clases. Se llama Pedro - le dijo Valeria.
- ¿Pedro? Sí, por supuesto que sí. Es del tipo de chiquillo que le presentaría a una hija.

Cuando me contó me emocioné.

No sé.

Repito que al parecer ella no es guapa.

Pero es la prueba irrefutable de que el conocimiento me seduce. La capacidad de expresar lo que sabe. Enseñar. Amo eso en una mujer. Y no se trata de que me recite sobre la técnica de Boticelli, las ideas de Chomsky o la incertidumbre de Heisenberg.

Se trata del brillo en los ojos al hablar.

Se trata del arranque vía poros de toda la pasión que le produce saber lo que sabe.

Sentir lo que siente.

Eso me mata en una mujer.

- Te tengo que contar una noticia que te va a encantar.
- Dime, ¿qué? - le dije ansioso.
- Señor X, tú artista chileno favorito, hará una exposición el otro año en Chile.
- ¿La dura?, oooh bacán, él me encanta.
- Sí y parece que va a ser muy grande en lugar X.
- Oh qué buena! oye Sandra, ¿y necesitarán ayuda? Me encantaría trabajar en la exposición, haciendo lo que sea ¡qué sé yo!
- ¿En serio te interesa Pedro?
- Pero obvio.
- Ok. Tengo una reunión con él a mediados de diciembre en Nueva York. Le voy a preguntar qué necesita y que tengo un estudiante interesado. Pero ojo, todavía es un plan, y nadie está al tanto. No lo andes diciendo.
- Hecho.

18 noviembre 2005

¿qué chucha hago este verano?

Último día de clases.

No voy mucho a clases, así que la diferencia no va a ser tan drástica con las próximas dos semanas en que me quedo en casa estudiando para los exámenes.

Pero y después ¿qué?

¿Qué chucha hago este verano?

Es la misma pregunta de las últimas semanas.

Anoche, digo, ayer a las siete de la tarde, me di cuenta que no tenía que estudiar ni hacer trabajos ni nada.

- Por fin voy a poder leer los libros que compré - pensé.

Murat, hijo de Orján, hijo de no sé quién, fue el primero en entrar con sus tropas del Imperio Otomano en Europa.

Año 1352.

Más de seiscientos años después Turquía sigue pidiendo entrar a la Comunidad Europea.

Muerto Murat, aparece su hijo Bayaceto.

Muerto de sueño, parece que me quedé dormido.

Hasta hoy a las ocho de la mañana.

No fui a las dos primeras horas de clases, en ésas que se aplaude la última cátedra si el profe era bueno o te da lástima no aplaudirlo, porque llegué justo antes del mediodía a la U.

Fui a la oficina de una sismóloga para saber si tenía práctica para mí este verano.

Puerta cerrada.

No estaba.

Entré a mi última clase.

Entrete.

No aplaudimos.

Son las dos y media de la tarde de mi último día de clases.

Estoy en los computadores de la universidad y el tipo sentado al lado me prestó sus audífonos, de esos bien techno.

Escucho The Strokes en mi radioblog.

Y sigo pensando.

¿Qué chucha hago este verano?

La idea de irme solito a mi Chiloé una semana a leer, sigue en pie. Debe ser uno de mis lugares preferidos en la tierra.

Pero ¿y el resto?

¿Por qué chucha para el resto del mundo el verano es algo tan cool?

¿Acaso soy un maldito chico summer looser?

No tengo ganas de mochilear. Me da paja. No me creo capaz de soportar a ningún grupo de viaje muy numeroso.

Me acuerdo del mochileo "extreme" del verano pasado con Pablo y me da risa.

Lago Llanquihue.

En auto.

Station Wagon.

Carpa para cinco.

Y éramos dos.

Dos coolers llenos de puras hueás.

Hasta aceite de palta.

- Pero Pablo, jajajaja.
- Hueón, es el mejor aceite que hay.

Eso y Bahía Inglesa e Iquique con Nadja.

Arrendamos un auto e hicimos Concepción - Puerto Montt con ella y sus viejos en una semana. Lota, Pucón, Valdivia, varios lagos.

- Hyvää opas Pedro, kiitos - me decían.

Buen guía Pedro, gracias.

Fue la raja manejar por todo mi sur.

Y ahora ¿qué?

Me da tanta rabia no tener grandes planes, o que los grandes planes que tengo no me motiven lo suficiente.

Estas pajas mentales me dan más rabia cuando me pongo a pensar que en unos años más ya ni voy a tener vacaciones.

¡Aaaaaaaaggghhh!

¿Qué chucha hago este verano?

El tipo del computador de al lado se va.

Le devuelvo sus audífonos.

Yo también me voy.


16 noviembre 2005

no puedo hablar (ni escribir) de lo que quiero hablar

Tuve dos pruebas hoy.

Hizo mucho calor.

El manubrio me quemaba las manos en cada curva en que lo toqueteaba de más.

Llegué a mi casa.

Y apenas cerré la puerta salí al balcón.

- ¡Pupu! ¿pupu?

Busqué entre los veintitrés maceteros del balcón.

- ¿A'onde está mi pupu?, ¡ahí tá!

Y como si fuera un teletubbie.

- Hoa pupu hoa.

Lo agarré con cuidado.

Pero no del pellejo detrás de las orejas porque eso me da pena todavía.

De la guata.

Pataleó.

¡Cómo me cambia la cara este maldito rabbit!

- No puedo hablar de lo que quiero hablar - me dijo sin palabras mi conejo. Sólo moviendo la nariz.

Me reí con muchas de sus propuestas, hay algunas fenomenales. Pero tras consultarlo con él mismo, quedamos en que se llama Pupu.

¡Qué ñoño!

I know.

Pero ustedes saben mi debilidad por los nombres en finés.

tahtitieteilija.blogspot.com

Lo puse entre mis piernas mientras le hacía cariño.

Conejo de mierda me meó.

- Yo tampoco puedo hablar ni escribir de lo que quiero hablar Pupu. Yo tampoco.

Fue un día muy raro.

Tuve un par de conversaciones muy lindas.

Y tristes las dos.

Siento no poder contarles, pero es tanta la confianza que me entregaron que no puedo.

Ni quiero.

Y sólo tenía ganas de llegar a casa.

Tirarme al suelo.

Y abrazar a mi conejo.

14 noviembre 2005

la Cata y mi vieja se coludieron para regalarme este conejo ¿qué nombre le pongo?




Como leen.

Tengo que ponerle nombre y se me ha ocurrido un par.

Supergaláctico.

Poroto negro.

Demoledor.

Sapo.

Perro.

Ése último lo encuentro genial... y fue hoy en la tarde cuando mi vieja dijo... "ah el perro".

Nos reímos.

Nada.

Concurso... póngale nombre al conejo.

Participan todos ustedes.

Dejen un comentario con su propuesta.

El más top tendrá el honor de ponerle el nombre a mi conejo.

(Estoy seguro que mi mamá piensa que como estoy bajoneado, como con depre, tener una mascota sirve para que por lo menos me preocupe de alguien ya que no me urjo ni por mí mismo).

Gracias mamá.

Gracias Cata.

La cagó pa tierno.

Nótese que es más chico que la hoja de lechuga que come.

13 noviembre 2005

Bárbara

Piso veinte.

Lucecitas de Santiago por la ventana.

Naranjas.

Naranjo y negro.

- Sexto, séptimo, octavo.
- Primero, segundo, tercero y cuarto.
- Claro, más cinco años de U.
- ¡Wuá!, ¡qué harto! somos amigos hace doce años Bárbara.
- Doooooce aaaaños, la cagó.
- Sí.
- ¿Viste? y te complicai por hacerme cariño en la espalda Pedro.
- Ja, verdad. Oye ya, ya son las diez, me voy a mi casa - le dije escuchando al conductor del noticiero despedirse.
- Pucha noooo. Bueno, ya, un beso. Te voy a dejar a la puerta.
- Beso.
- Chao - me dijo cerrando la puerta de su departamento y con las lucecitas naranjas titilando (a lo lejos) en la ventana tras suyo.

Se acostó al lado mío.

Parte de su pelo claro me bolseaba espacio de la almohada.

Parte de su pelo ondulado censuraba el escote de su polera blanca casi transparente por el uso.

Sostenes verdes.

Teníamos la guata llena por el almuerzo.

El TV cable estaba saturado de los últimos partidos de fútbol eliminatorios y amistosos para el mundial del otro año.

Hacía calor.

Yo me había puesto esos shorts amarillos en la mañana (¿por qué se dice en plural?) y mis boxers con el diseño de los pajaritos motociclistas, también amarillos para disimular el hoyo en los shorts.

Eso y una polera negra que combinara con mis chalas.

Negras.

La abeja.

Le toqué la cabeza.

Empecé a hacerle cariño.

Y el pelo de su escote se salió de ahí reptando lentamente.

No tuve una erección ni me dieron ganas de darle un beso.

Ella es como mi hermana.

Me gusta, la encuentro guapísima, es mucho más buena que su hermana mayor con quien pololeé dos años en el colegio.

No es la primera vez que duermo con ella.

Con mi "hermana".

Las primas, en cambio, bueno, eso es otra cosa.

Se quedó dormida.

¿O no?

Dormida o no, se dio vuelta dándome la espalda.

Fresca no más.

Le empecé a hacer cariño en la espalda.

Pero puse el partido de Francia contra Alemania a cambio.

- ¡Qué rico! palmitos, tomate, queso chedar ¿de qué es esa salsa?
- Un invento mío - me dijo.
- Mmmm, me gustó.

Hablamos mientras almorzábamos tortillas rellenas de lo que encontraras en cualquiera de los potes sobre la mesa. Hablamos mientras el cd de Texas daba vueltas en el equipo.

- ¿Has pensado volver alguna vez? - me preguntó.
- Sí claro, pero no sé, más viejo quizá.
- Yo también. Estoy muy feliz de haber tenido la posibilidad de criarme en Puerto Montt. Todo tan chico, tan seguro.
- La dura, quizá ahora está lleno de flaites y todo, pero antes, ¡qué rico! salías a la calle y te sentías dominando la ciudad. Catorce años y la llevabai en la ciudad - le dije casi que queriendo cerrar los ojos y volver.
- La cagó.
- La otra vez, en las vacaciones a la carretera austral con tu hermana, sentí algunos pueblos como verdaderos puertomontts de mi niñez. Todos conociendo a todos. No sé, lejos la mejor época de mi vida el colegio. Lejos. Aunque obvio que me quedó chica esa ciudad, pero Santiago y la U no me han hecho sentir así. Obvio, ya tengo 22.

Fue un lindo paseo esa conversación.

Esa sobremesa.

Apreto el timbre pero no estoy seguro de si sonó o no.

Apoyo la oreja en la puerta y lo apreto de nuevo.

Sí suena.

Seis segundos después me abre la puerta.

Sin zapatos.

Polera blanca.

Pelo claro, enredado y algo sucio.

Pantalones negros que le llegan hasta debajo de los talones.

- Hola guapo.
- Holaaa.

Nos abrazamos.

- Pucha me atrasé un poco con el almuerzo.
- Filo. No importa. Traje el postre. Helado de lúcuma ¿te gusta?

La cocina un desastre.

Una torre de platos.

- No po Pedro, no laves.
- Ya, cállate.

Escribo en mi blog donde voy a almorzar.

Apreto enter.

Leo el blog para ver si quedó bien.

Corrijo el par de errores que noto.

- Chuta, la hora. Ya filo, me tomo un taxi, con suerte me sale dos lucas.

Típico del Murphy este.

Termino caminando el par de cuadras hasta Plaza Ñuñoa antes que aparezca un taxi.

- Buenas, a Providencia por favor.

12 noviembre 2005

hoy almuerzo con Carla y Bárbara

.


















El fressco cooler arrasó anoche con mis amigos.

En especial con Lela, a quien veo por segunda vez, que pedía ver Garden State cada tres minutos.

- Entonces veamos Bottle Rocket, ¡hueón! Bottle Rocket, es la única película de Anderson que no he visto, mi director favorito.

Departamento de Fredes.

Tres bonsai en el marco blanco de la ventana.

Aunque no les alcanza ni pa vonzai. Bueno a cambio de tu ropa vieja qué se puede esperar. Una rama de pino y dos de eucaliptus, cada una en un macetero con piedritas dándole el toque señormiyagidanielsan.

Pared blanca.

Lo negro de la noche atrás.

Mesa de fierros y vidrio.

Mantel de propaganda de fideos Carozzi.

Piso de parquet.

La cabeza de la Cata en mi hombro.

Notebook conectado a la tele.

Videos de Michel Gondrey (créditos para Emule).

Joga de Björk, Starguitar de Chemical Brothers, Fell in love with a girl de The White Stripes.

¡Qué hueón más talentoso el Gondrey éste!

(Pero me quedo con I'd rather dance with you (ver link) que ni sé de quién es).

- ¿Tienes blog?, ¿te gustan?
- No, me apestan, yo los odiaba. No entiendo eso de la gente que hace publicaciones hasta de haber ido a comprar el pan - me respondió Coni.

Hola Coni.

Te inmortalizo en mi blog.

Ahora paso a comprar el postre ¡ah!.

Porque hoy almuerzo con Carla y Bárbara.

11 noviembre 2005

calor

.






32°C

Puf!







.

10 noviembre 2005

mírense un dedo y bailen

Mírense un dedo.

Nacen de la mano (obvio) articulados... quiero decir, hay una articulación que une al dedo con la mano.

Un nudillo.

¿Es un nudillo?

Un paréntesis.

Estoy en los computadores de la U con unos audífonos que me prestó la chica sentada al lado.

Y no paro de bailar sobre esta silla.

Tengo mi batería imaginaria.

Muevo los hombros.

Hacia adelante.

Hacia atrás.

En este preciso momento estoy moviendo la pierna derecha... levantando repetidamente el talón y dejando la punta del pie en el suelo.

Cuello más bien resorte.

Muevo la cabeza como diciendo sí.

Arriba.

Abajo.

Sí.

Me cuesta un poco escribir así.

Lo hago lento, una letra a la vez.

Todo mientras escucho You Only Live Once en el radioblog de fredes.

Cierre paréntesis.

Entonces.

Del nudillo nace el dedo.

Y en ese primer tramo hasta el próximo nudillo del dedo, ése que usan algunos tipejos para pegar combos, me estaba escribiendo en la mitad de una clase muy fome.

En el meñique.

En ese tramo inicial del meñique (y los kenesiólogos y lateros varios no me vengan a decir que los dedos nacen de la muñeca):

NO

En el anular:

TENGO

En el de al medio, con ese que hacís pico:

4

Y en el índice:

DEDOS

En el patio.

Ya fuera de esa sala.

Olvidada la especie de grafiti corporal.

- ¿A ver?, ¿qué dice tu mano? - me dijo Pablo.
- Ja, no nada.
- A ver po... no... tengo... cuatro... dedos. No tengo cuatro dedos. Jaja. ¿Y tu pulgar? Bah... no dice nada.

Y antes de intentar explicarle que ésa era un poco la idea.

Que...

Mmm... si empiezo a explicar me pierdo otras interpretaciones.

Me dice.

- En el pulgar podrías escribir tengo 5.
- Jajaja, ¿por qué no?

A la noche quizá le saco una foto y la subo.

09 noviembre 2005

la simetría y los calcetines

- mira sus calcetines.

- oh! cacha! tiene los calcetines distintos.

- jaja, ¡qué eres tonto!.

- ¿por qué tienes calcetines distintos?

- ¿usas los calcetines así a propósito?

- ya. Él, el alternativo. (Eso lo djo mi hermano mayor)

- ajá!, a ver, levántate ese pantalón del terno ahora que vamos a un matrimonio... nooo, es que no te lo puedo creer. Calcetines distintos.

- oh qué chistoso... es como top.

- ... y combinan.

Me han dicho de todo.

Pero lejos lo mejor fue lo que dijo una amiga de la U

- ya sé, los usas así como para romper con la simetría, debes estar chato de ella, además con lo que estudiai!.

Me han dicho todo esto y mucho más.

Desde esa primera vez que usé los calcetines cambiados.

Esa primera vez que me aburrí del cajón revuelto de calcetines divorciados, separados, y que dije "ya! filo, qué tanto.... no me puede dar verguenza tampoco"

Y después lo encontraba tan choro que lo empecé a hacer a propósito.

De eso, varios años.

Recordando siempre la misma frase de Dylan o Bowie, no me acuerdo.

"Ser original es azaroso, intentar serlo es un defecto".

Y a mí como que por azar se me escondió la pareja del calcetín esa primera vez.

Y como que por defecto busco todas las mañanas uno que sea bien distinto al otro.


08 noviembre 2005

lenguas amargas felices

- Tú también te pusiste perfume en el cuello ¿cierto? - le dijo sintiendo su lengua amarga.

Ella se rió.

Quizá pensando lo tonta que era por no haberse atrevido a interrumpir sus besos en el cuello de él por lo mismo.

Pero él sí se atrevió.

Siempre se atreve.

Habla fuerte en el metro.

Habla fuerte en la micro.

La gente lo mira y lo escucha, y eso a ella le da vergüenza.

Le da vergüenza pero es precisamente lo que le gusta de él.

Que sea así.

Que le muestre que no hay porqué hablar tan bajito.

Que no hay porqué quedarse callado en el metro y mirar por la ventana las luces blancas que pasan rajadas. Tampoco los letreros de universidades privadas con sus carreras inventadas, minors incluidos, o el nombre de las estaciones siendo que las sabe de memoria.

Él siempre le ha mostrado a ella nuevos lugares.

Lugares que no sabe que existen.

Lugares en el Santiago que creía conocer.

Y lugares dentro de ella de donde salen todas esas sensaciones nuevas.

- Sí. Y tú también te pusiste perfume, es rico - le respondió.

Siguieron dándose besos en el cuello.

Besos con lengua.

Amarga y feliz.

07 noviembre 2005

cigarro, cortometraje, caballito y lo absurdo

Olí el primer humo de su cigarro recién prendido.

Nunca en mi vida he fumado.

Pero el olor del primer pedazo de papel, de la primera hoja de tabaco, quemándose, me encanta.

Y odio su último expiro aplastado contra el cenicero.

Veníamos saliendo del festival internacional de cortometrajes en el Hoyts de La Reina. Una gran mierda con un par de excepciones, entre ella el corto francés cuyo director es hermano de tomate (Tampoco ni tan buena la hueá hue'ón ¡ah!, ¡qué bruto que me llegó! No. Eso sí, la foto era hermosa).

No pude dejar de pensar en "El Ascensor". Ahí está tirado nuestro guión a medias.

Y en un par de nanometrajes que se me ocurrieron. Un tanto absurdos.

Absurdo.

¿Qué lindo suena esa palabra?

Absurdo.

Absurdoabsurdoabsurdoabsurdoabsurdo.

Absurdo.

Habíamos llegado al cine a tiempo.

Sala 3.

Y vimos a tomate y toda su familia sentados.

Puse la mano derecha en el hombro derecho de Daniel.

La izquierda en el izquierdo.

Flecté las rodillas.

- Caballito - le dije mientras daba un salto apoyándome en sus hombros.

Pensé que le iba a dar plancha.

Pero no.

Me agarró las piernas por detrás de las rodillas y subió los veinte escalones conmigo a cuestas.

¡Las tonteras!

06 noviembre 2005

13:27

- ¿Cuánto queda?
- Tres minutos.

Siempre a esa hora uno está inquieto por irse.

Lleva varios minutos pensando.

Pensando en no pensar.

Quiere irse.

A las 13:27 la mamá de Tadashi se fue.

En paz.

05 noviembre 2005

bajo

Tres tres de la madrugada.

¡Oh!

Tres cuatro.

Estábamos en el departamento de Fredes echados en el sillón viendo, todo nostálgicos, un documental de los estroucs en su gira por Europa el año 2001.

- Ahí Valensi tenía apenas 19 años hueón - me dijo - es del 82 como nosotros.
- Yo soy del 83.

Ésa no era excusa.

No para no ser nosotros mismos protagonistas de un documental así.

- Hueón, no hacen más que cantar, jugar, pensar, componer. Es lo máximo.
- Ya hueón, aprende a tocar el bajo. Cómprate uno - me dijo fredes.

No es la primera vez que me tira esa talla.

Me encanta pensar que uno de sus deseos "frustrados" es el que yo aprenda a tocar cualquier hue'á de instrumento y hagamos algo de música juntos.

Yo.

Me puse a pensar.

¿Cuánto cuesta el bajo?

Sí claro, las doscientas lucas que tengo.

Pero además. Y si mi enajeno en vacaciones aprendiendo a tocar. A leer un poco de música. A engrupirme componiendo tres cositas.

Es que yo soy el tonto más enajenado para las cosas que le gustan.

Cuando pendejo, las estampillas. Es que no, todavía están por ahí estorbando los libros con mis colecciones a los otros, los libros más intelectuales.

De ahí, el básquetbol. Diez años sin parar. Si hasta contrato me ofrecieron en Dimayor. Preferí la universidad por mucho que hoy lea con envidia, en el deportes de El Mercurio sobre los puntos que hacen mis amigos del sur.

Pero si el mismo blog es un ejemplo.

No creo.

Me tinca más fácil bajarme de una vez por todas un buen software mezclador y empezar a jugar. A ver si algo sale.

Seguíamos echados.

Viendo el documental de unos pendejos, que todavía no sacaban su primer disco, caminando cerveza en mano en Belfast, y que hace una semana nos pusieron de cabeza.

De pie.

Sin lúpulo ni cebada.

¿Cuánto dije que costaba el bajo?

03 noviembre 2005

Tadashi

Tadashi Takaoka Caqueo.

No es hueveo.

Así se llama uno de los hueones más chistosos que conozco.

Una mezcla nipona mapuche.

Con chistes que parecen del sur araucano.

Y una dedicación nipona al estudio.

Lo quiero.

Daniel, Tomate y yo, lo queremos como pocas personas quieren a otra.

Por eso me atrevo a dedicarle mi canción favorita en la historia de mi vida.

Una vida llena de capítulos distintos, con una banda sonora que va cambiando, pero siempre encabezada por Michael Nyman. La pongo en radioblog para escribir esto.

Para leer esto.

Agarro el celular y veo dieciséis llamadas perdidas. As usual.

Un mensaje de texto.

La mamá de Tadashi entró en coma.

Hace ya varias semanas que este hueón se fue a su Antofagasta a acompañarla.

Supimos saliendo de una prueba muy peluda, que los cansancios eternos eran el resultado de una metástasis. Un cáncer ramificado.

Me dieron ganas de llorar.

Yo, que no lloro desde la separación de mis viejos hace dos años, me estaba llenando de lágrimas los ojos.

Y recordé una conversa días antes.

- Pero hueón, Dios no existe Tadashi - le dije.

Siempre que digo eso no me sale gratis. Como que me cuesta afirmarlo y más lo hago para provocar.

Provocar provocándome yo mismo.

- Yo sí creo en él, Pedrito. Tengo fe.
- De más, en todo caso te envidio, me encantaría tener fe como vos. Creo que me ahorraría muchos problemas e inquietudes, pero no creo no más po. Y mucho menos en tu iglesia católica - le dije honestamente - los dos estuvimos en colegios jesuitas, tú en Antofa, yo en Puerto Montt, y en mí quedaron otras cosas, los valores, la forma de ser, la consciencia social. Pero no la fe.

Y antes que la conversación se desviara a la repetida, y muchas veces en vano, discusión sobre la Iglesia, le dije:

- Y si tu vieja se muere hueón, ¿vas a dejar de creer en Dios? ¿ah? - le pregunté franco y directo. Sin vehemencia.

Tadashi pensó.

Sintió.

Y me respondió.

Hoy día, espero con fuerza que siga sintiendo y creyendo lo mismo.

Yo.

Hace un par de noches.

Antes de tirarme a la cama, apoyé los codos en ella, mientras me arrodillaba y juntaba las manos.

Me toqué la frente con dos dedos.

El pecho.

El hombro izquierdo.

Después el derecho.

La boca.

- Vos cachai que yo no creo en vos. Pero también cachai que Tadashi sí. Entonces evitándonos más explicaciones y aclaraciones, te pido, por Tadashi, su viejo y su mamá, que los apoyes. Que si realmente existes, ellos lo sientan. Se den cuenta que no están solos y que tú vas a cuidar de ella. Que los convenzas de que contigo estará mejor, pero ojo, sin cachar mucho si esto se trata de merecimientos o no, sería increíble que la dejaras entre nosotros. Que no te la llevaras. Y créeme, que hasta yo te lo agradecería. Como cuando conversábamos en cuarto básico.

01 noviembre 2005

el pie de Nikolai (concierto de The Strokes)

- Til Til es una de las tres comunas en Chile con alcalde comunista - le dije a mis compañeros mientras manejaba.
- ¿La dura? No tenía idea.
- Yo tampoco.

No era difícil entender por qué, si prestabas atención a los escuálidos huertos de un valle de mierda rodeado de cerros secos moteados con arbustos espinosos a los que les encantaría ser arbustos a secas. El campesino y la campesina sudando la gota gorda bajo ese sol igual de mierdoso, ¡cómo iban a tragarse tan fácil un discurso gremialista!.

El fin de semana lo pasé ahí.

Imitando algo de esas gotas gordas.

Algo.

Bajo el sol.

Bajo mucho sol.

De ése que me hacía sentir la piel caliente aún bien entrada la noche. Como anoche que en la mitad de esa nada, tenía un computador con acceso a internet. Escribí en mi blog y a la hora de publicar se me borró.

No importa.

Llegamos el sábado en la mañana. Era una salida a terreno para hacer prospección geofísica a una zona de relave minero y me acerqué a mi profesor para decirle si podía volverme a Santiago ese mismo mediodía.

- Es que tengo dos compromisos importantísimos. Uno es el cumpleaños de mi abuelo, usted sabe, típico de familia patriarcal. Y el otro, bueno, el concierto de mi grupo de música favorito.
- Elige entre uno de los dos - me dijo - la familia es importante.

Con la ventana abajo, muy rápido en la carretera de vuelta a Santiago en mi auto (ok en el auto de mi mamá), el pelo bailaba.

Bailaba y tapaba mi nariz ahogándome, mientras mis orejas sintonizaban Franz Ferdinand como si en realidad fueran The Strokes.

Pico con el cumpleaños de mi abuelo.

Pico con el ramo si el profe no me hubiera dado permiso.

Cuando vi el tope en el calendario hace dos meses, ya había decidido reprobar el ramo y volver a hacerlo el segundo semestre del dos mil seis.

Ahí iba.

Ansioso.

Nervioso.

De hecho no sabía cómo tenía que comportarme.

¿Cómo se supone que uno actúa cuando está a horas de ver a su banda favorita?

- Aló, sí te paso a buscar.

Los siete minutos que esperé a Javiera afuera de su departamento me parecieron siete horas.

Me estacioné donde Cristóbal.

Cuando lo saludé era competencia de quien estaba más neurótico.

Así partimos en metro.

- ¡Hueón! una amiga me dijo que habían más de cien personas hace una hora.

Encontramos una entrada secreta.

Secreta por lo evidente.

Al otro lado de la manzana y tan evidente que nadie se atrevía a esperar ahí. Nadie excepto las dos chicas que esperaban desde las ocho de la mañana (Puta no soy tan fanático entonces, pensé).

- ¿Esta puerta sirve? - le pregunté a uno de los guardias.
- Sí - me respondió.
- ¿Me lo jura?
- Sí, de verdad - me respondió riendo.
- ¿Me está diciendo la verdad?, ¿usted también me lo jura? - le pregunté a otro vestido con esos cortavientos amarillos.

Risas.

Pasaron las tres horas.

Ticket cortado.

Cien metros planos.

Corrí como loco.

Ok como loca.

Para terminar ensartado en la primera fila, contra la barrera.

Mi grupo de amigos y yo.

Esperamos dos horas más así.

Kings of Leon, sísísísí, piolas pero ya chao.

- Con esta canción entran los Strokes - me dijo Fredes terminada esa otra presentación.

Entraron al escenario.

Y yo entré.

En trance.

Entrance.

(Busquen las dos ascepciones de "entrance" en inglés).

Laaaaaaaaaaaaaast Niiiite.

No lo podía creer.

¿Lloraba?

¿Reía?

¡Qué chucha hacía!

¡Pa' dónde mierda veía!

Al genial Albert con sus rulos resorteantes.

Al vocalista Julian que tiró su reloj al público.

A la otra guitarra, Nick, de pelo so wild, so glam and so washón.

A Fab tocando la batería y dándome cuenta del buen gusto de Drew Barrymore.

No.

Me quedé con la vista pegada en Nikolai.

En Nikolai y su eterna parquedad e inmutez, como si sólo le importara una excelente ejecución de sus cuerdas.

Por eso cuando todos gritaron Last Nite, cuando todo el estadio se estremeció, cuando ni los Strokes se lo podían creer, casi me voy de raja al verlo a él con los brazos en alto aplaudiendo cual chico que olvida dos segundos su bajo perfil.

No su bajo.

Me di cuenta que estaba sorprendido del recibimiento en ésta, la última escala de su gira "¡Qué paja! todavía nos queda Chile ¿Nos cachará alguien?".

- Heeey! - se escucha desde el escenario.

Es Nick que como un pendejo tonto quiere la atención de la primera fila, mientras se quiebra empezando con su solo.

Por la reconchasumadre.

¡Cómo sonó esa guitarra!

¿Cómo sonó esa guitarra?

No me acuerdo de las canciones.

Ese maldito concierto tengo que verlo de nuevo.

Tengo que enterarme qué tocaron.

Sé que llegaron las canciones nuevas. Las mismas que se colaron en internet la última semana y que Fredes con su sagacidad de siempre me hizo escuchar todos los días. Por eso éramos los únicos que cantábamos el coro, mientras los otros aprendían.

Yo.

Miraba a Nikolai a tres metros de mí.

¡Tres metros!

Eso son trescientos centímetros.

Y según yo, él también me miraba.

Y reía.

Tímido.

Pero confiado. Como creyéndose otro par de segundos la idea de rockstar.

Reía.

Cada vez que le seguía el ritmo a su bajo que me sé de memoria.

Me tiró una uñeta.

La toqué en el aire pero se me cayó y el puto guardia de seguridad no me la pasó.

No importaba.

Él seguía ahí y derrepente.

Se acerca al borde del escenario.

Y yo, con mi metro ochenta y nueve más los setenta centímetros de brazo me estiré como queriendo alcanzarlo.

Pero no, no alcanzaba.

Fue cuando él, sin parar de tocar al bajo, estiró su pie hacia mí dejándolo levantado en el aire.

El bajista de mi banda favorita, ése que jamás interactúa con nadie, ni con el público ni con sus compañeros en escenario, quería que yo alcanzara a tocarlo.

Me estiré.

Me estiré.

Por la puta, me estiré.

No alcanzaba.

Fue cuando pisé mejor, puse las dos manos sobre la barrera de contención y me elevé de nuevo.

Él, llevaba ya cinco segundos con el pie en el aire.

Esperándome.

Levanté sólo el brazo derecho.

Te juro que estuve a cinco centímetros de alcanzarlo.

Y dos de esos putos chicos de cortaviento amarillo me tiraron para abajo.

No alcanzamos.

Pero Nikolai y yo nos reímos.

Esa vez y un par de veces más durante el concierto.

No sé si fue esa frustración de groupie, o la sensación de terrenalidad de mis súper héroes musicales la que me trastornó. Tampoco sé si fue saber que fueron al bar que me habían vaticinado que irían. Saber que almorzaron en el lugar que me pronosticaron que irían.

Pero yo ya no tenía ganas de escuchar música nunca más.

Eso.

Y una puta pena.

Una pena tremenda.

El pecho apretado, un poco como ahora.

Viendo aviones en el cielo.

Tarareando una misma canción todo el tiempo.

Esperando que de verdad estos hue'ones no me sigan haciendo sufrir y ya se hayan ido de una buena vez de Chile.

Lejos, el mejor concierto de mi vida.

Y tengo que cachar qué decisiones tomo de ahora en adelante con ella tras un concierto así. Tras una sensación así.

Imaginando aviones en el cielo.

A las ocho y media del domingo estaba de vuelta en Til Til.