el fin de semana (sin ti) más bacán que recuerde
Previously on lost...
- Hola.
Elenco:
Dalal, bailarina.
Dani, filóloga.
Lela, periodista.
Paloma, actriz.
Andrés, periodista.
Martín, guitarrista de Teleradio Donoso.
Cristóbal, bajista de Teleradio Donoso y periodista.
Pedro, astrónomo y etcétera.
No se vieron, pero estuvieron más que presentes:
Mireia, filóloga y loco amor de Pedro.
Agustín & Pancho.
La casa de la Lela en Tunquén está a ciento treinta kilómetros más o menos de Santiago. No llevamos ni una puta cámara (fuck!) así que me propongo empezar a teclear la mejor de las fotos que pueda.
I
Afuera del departamento de Cristóbal (lugar de partida), ahí en el Forestal, uno no se puede estacionar.
Pero mientras íbamos, yo adelante y Lela atrás, en la ruta 68, a ninguno de los dos nos preocupó demasiado el parte por estacionamiento que cada uno llevaba en el bolsillo.
Filo.
Así de contentos, ilusionados y a 140 íbamos.
- ¿Pongo el disco de Teleradio? -nos pregunta Cristóbal.
- Hue'ón por favor -le pido.
- Ya pero no lo cuenten, que después me retan porque es medio confidencial. Lo estamos terminando de mezclar.
Ya lo conté Cristóbal.
Y claro, me atrevo a construir una foto con letras del fin de semana pero sería incapaz de entrar a explicar eres mi persona favorita y zombies.
Siempre, desde pendejo, me ha encantado disfrutar antes que el resto con grupos que terminan haciéndose megafamosos, pero esto es una hue'á que me supera. O sea, Cristóbal, mi Cristóbal, el que cuando teníamos once años me decía "imagínate si Aylwin no hubiese estado, ¿por quién votai Büchi o Fra Fra?", él, que él sea quien toca en ese grupo que voy escuchando a toda velocidad en la carretera ¡y que me gusta del modo en que me gusta!, ¡y que sepa que este hue'ón al que quiero tanto conchatumadre lo vayan a escuchar tantas personas en la radio!
Falta poco.
- ¿Cuánto falta? –me pregunta Dalal sentada atrás.
- Media hora supongo, no sé.
Un par de meses para que lancen el disco.
Ya rodeados de árboles y por un camino de grandes grietas, de tierra, nos balanceamos en nuestros asientos de un lado a otro.
Llegamos.
- ¡Qué liiiinda casa! –se escucha siete veces.
Me bajo del auto rápido. Quiero investigar. Quiero ver el mar, mi mar, el que en Puerto Montt no dejó de acompañarme y al que yo abandoné por culpa de la universidad y de la vida. Mar al que relego a esporádicas visitas de fines de semana o de vacaciones de verano. Pero el mar no es rencoroso ni mucho menos. El mar me ama y se ha encargado de tenerme siempre cerca. Y por eso Mireia vive junto al mar en Barcelona y no en Madrid o cualquier otra ciudad interior. Por eso ahora que me vaya a vivir con ella a su España el mar seguirá acompañándome. Acompañándonos.
Entonces doy vuelta a la casa y...
II
Estábamos echados en los sillones, cuando se me ocurre decir.
- Esta hueá sería el peor reality del mundo. Ni una pelea, ningún hueón pesa’o o tonto.
Nos reímos.
De verdad lo estábamos pasando muy bien.
Bajábamos a la playa a caminar entre las rocas. Tuve una muy buena y profunda conversación con Andrés. Jugamos cacho y Trivium como locos. Fumaron marihuana con el viento del mar que se las consumía primero. Bailamos con la música conectada al notebook. Leímos las revistas de música que llevó la Lela (la mina más tela que he conocido en muchísimo tiempo). Vimos un devedé de Dave Chapelle, un humorista muy chistoso. Comimos las salsas más ricas que preparaba Paloma.
Martín no habla mucho.
Martín no habla niuna hueá.
Lo hacían sus manos sobre la guitarra, que wow! nos contaban las mejores historias. Es como si hubiera canjeado sus cuerdas vocales (más $200) por cuerdas de guitarra. Por eso para mí era muy bacán verlo cada vez que se reía por alguna estupidez que yo hacía o decía.
- ¡Puta no sé! –se resignó a decir Lela después de tres o cuatro minutos pensando en la pregunta llegando incluso a pararse para ir a la cocina a pensar.
Entonces, antes que Dalal lea la respuesta, digo:
- ¿Era Francis Drake no?
- Ése mismo! Por la chucha! Maldito Johnny Depp y los piratas del caribe… por eso no podía recordar el nombre. ¡Claro que es Francis Drake!
Nos reímos.
Por quincuagésima novena vez nos reímos.
Y yo era tan feliz.
- Ya Pedro nos toca tirar el dado.
- Ah sí! verdad, tíralo tú.
III
Madera, cemento y agua.
Listones de madera clara muy largos como piso de la terraza, un borde de cemento, y el agua celeste intenso de la piscina.
Cuando llegamos a la casa, me bajé del auto y di vuelta a la casa esperando encontrarme con el mar, mi mar, me encontré con la terraza más linda que haya visto en mi puta whole life.
Suspendida sobre un acantilado de unos cincuenta metros, no sé, entre las rocas floreadas por cactus, con todo el horizonte para mí, una terraza de madera, completamente de madera, sencilla, mínimal, con una piscina que pareciera volar. Una piscina celeste con borde de cemento gris claro.
Un rectángulo de agua, pero con sólo tres bordes, porque el cuarto borde no existía. Te tiras en la piscina y si nadas un poco, el agua se escapa por ese cuarto borde inexistente y cae. Nadas viendo cómo el horizonte de la piscina se incrusta en el mismo mar que golpea las rocas allá abajo.
La terraza más linda que haya visto en mi vida.
Estaba despejado, pero el aire del mar era fuerte a esa altura.
El pelo se me pegaba a la cara ahogándome un poco.
- Mi traje de baño, mi traje de baño, mi traje de baño, Mireia debiste venir con tu traje de baño –pienso imaginándome con ella y corro hacia el auto gritando.
El resto, mientras bajaba las mochilas, bolsas y guitarras del auto no entendía porqué gritaba.
- ¡Hueón!, ¡¡¡¡Hay la media piscina!!!!
Me sentía un poco huaso, de hecho cada vez que estoy en un lugar muy imponente o lujoso trato de tomármelo con calma, como si fuera lo más normal del mundo, para no parecer... para no parecer no sé qué.
Pico.
No me iba a estar aguantando hueás, así que salí corriendo y gritando feliz en busca de mi traje de baño.
El resto ya estaba mirando por el borde de la terraza cuando sin que lo notaran yo daba un salto en el aire atrás de ellos para clavarme en el agua sin siquiera enterarme de la profundidad.
Gélida.
Feliz.
IV
Cuando llegué a mi casa, me senté a escribirle una carta a Mireia.
V
Última llamada.
0:55.
Eso indica la pantalla de mi celular.
Se cortó.
Me dijiste que a la tarjeta le quedaba un minuto, y cinco segundos antes que eso se nos cortó. No te dejé casi hablar. Es que estaba eufórico. Feliz.
Te explico.
El fin de semana con mis nuevos (y otros no tan nuevos) amigos, estuvo increíble.
Y todo el sábado y todo el domingo pensé en ti.
Te sentí.
Yo casi nunca tomo, pero los casi 500 ml que le faltaban a la botella de 700 de ron ya estaban en mi estómago, garganta y algo en los labios. El séptimo vaso, lleno en mi mano derecha.
Mi anillo, de matrimonio contigo, dentro del vaso. Quería beber un poco de nuestro amor.Y reconozco que me apuré un poquito en terminar el vaso porque mi dedo lo extrañaba muchísimo.
Eran las cuatro de la madrugada. Mis siete amigos estaban en la terraza junto a la piscina, y yo, solo junto al fuego mirando el mar. Adivinando la línea del horizonte que separaba la noche negra del mar menos negro.
Y escuchaba. Y cantaba esa canción que tú también oíste (y cantaste) todo el fin de semana.
Por eso al día siguiente (ayer) era tan feliz sentado.
De pie.
Ayer justo antes que sonaras en mi celular estaba sentado en el borde de un acantilado cincuenta metros sobre el mar.
Pero yo volaba.
Veía dos barcos muy lejos con los que yo formaba un triángulo.
Y me imaginaba gaviota.
Gaviota inquieta, de uno de los barcos y que decidía volar en busca de los restos de la pesca del otro vértice de este triángulo. Dejar la vida de un barco ruso (adivino yo), sus marinos y amigas gaviotas, por el barco japonés (adivino otra vez) de allá lejos. Apuesto a que en realidad eran de Filipinas.
Dejar esa plataforma móvil que llevaba días alimentándola para, casi por simple antojo, o secreta esperanza, empezar a planear las nubes.
Planear aprovechando el viento.
Planear la hora de partida.
La duración del vuelo.
Ya me imaginaba yo haciendo semejante viaje por sobre el mar anaranjado. Sintiendo las patas en el aire.
- ¡Buena Pedro! –me dice Cristóbal equilibrándose en las rocas de ese acantilado mientras se acerca.
Mis pies volvieron a sentir la piedra firme.
Sólo por seis segundos porque inmediatamente empezamos a hablar de ti y yo volví entonces a perder la sensibilidad de mis tobillos, talones, plantas y dedos.
El cielo estaba violentamente rojo.
El mar gritaba metros más abajo.
Las olas aplaudían.
Yo estaba feliz, sintiendo eclosionar todo mi amor por ti mientras hablaba con mi amigo del alma. Cristóbal.
(Me encantó que fuese él quien estuviese ahí conmigo).
Entonces.
Entre aplausos, gritos, eclosiones y rojo, tirita en mi bolsillo el número gigante que empieza en 34 de tu llamada desde España.
Y empiezo a gritar que te amo como loco, mientras Cristóbal te envía saludos y se va, retomando el rocoso juego del equilibrio.
Estamos solos.
Y vuelvo a gritar que te amo.
Tratas de hablar pero te callo.
- Cállate Mireia. Tee aaammooooooo.
Alcanzas a decirme que tienes apenas un minuto para hablar así que a contrarreloj pedaleo la narración de lo que veo mar abajo, Pedro adentro.
- ¡El cielo está muy rojo!, ¡estoy muy feliz!, ¡estoy en un acantilado!, ¡te amo!, ¡he cantado todo el rato I’ll follow you into the dark!, ¿te dije te amo?
Clac. Se corta.
Las olas vuelven a aplaudir.
Clap.
Clap.
Última llamada.
0:55
Eso indica la pantalla de mi celular.
Y estoy tan feliz de que justo en ese momento hayas llamado, que me pongo a reír como tonto.
Carcajadas Mireia.
Por primera vez en mi vida el amor me hace reír a carcajadas.
Vuelvo a ver el celular por si intentas rediscar.
- ¡Que le responda el aire o el agua, me da igual! –pienso.
Doy cuatro pasos hacia atrás sin parar de reír.
Acabo de tomar una decisión.
Me doblo cual gimnasta.
Dos pasos violentos hacia delante y lanzo lo más lejos que puedo tu voz encerrada por última vez.
Vuela.
Vuela como la gaviota del barco ruso-filipino.
Y cae en picada, como si hubiese descubierto el más jugoso y sincronizado de los cardúmenes.
Desde allá arriba alcanzo a escuchar el ¡splash! que hace mi celular al chocar en el agua.
Y no puedo parar de reír.
De verdad no puedo.
¿Te respondió algún alga cuando volviste a llamar?
- Hola.
Elenco:
Dalal, bailarina.
Dani, filóloga.
Lela, periodista.
Paloma, actriz.
Andrés, periodista.
Martín, guitarrista de Teleradio Donoso.
Cristóbal, bajista de Teleradio Donoso y periodista.
Pedro, astrónomo y etcétera.
No se vieron, pero estuvieron más que presentes:
Mireia, filóloga y loco amor de Pedro.
Agustín & Pancho.
La casa de la Lela en Tunquén está a ciento treinta kilómetros más o menos de Santiago. No llevamos ni una puta cámara (fuck!) así que me propongo empezar a teclear la mejor de las fotos que pueda.
I
Afuera del departamento de Cristóbal (lugar de partida), ahí en el Forestal, uno no se puede estacionar.
Pero mientras íbamos, yo adelante y Lela atrás, en la ruta 68, a ninguno de los dos nos preocupó demasiado el parte por estacionamiento que cada uno llevaba en el bolsillo.
Filo.
Así de contentos, ilusionados y a 140 íbamos.
- ¿Pongo el disco de Teleradio? -nos pregunta Cristóbal.
- Hue'ón por favor -le pido.
- Ya pero no lo cuenten, que después me retan porque es medio confidencial. Lo estamos terminando de mezclar.
Ya lo conté Cristóbal.
Y claro, me atrevo a construir una foto con letras del fin de semana pero sería incapaz de entrar a explicar eres mi persona favorita y zombies.
Siempre, desde pendejo, me ha encantado disfrutar antes que el resto con grupos que terminan haciéndose megafamosos, pero esto es una hue'á que me supera. O sea, Cristóbal, mi Cristóbal, el que cuando teníamos once años me decía "imagínate si Aylwin no hubiese estado, ¿por quién votai Büchi o Fra Fra?", él, que él sea quien toca en ese grupo que voy escuchando a toda velocidad en la carretera ¡y que me gusta del modo en que me gusta!, ¡y que sepa que este hue'ón al que quiero tanto conchatumadre lo vayan a escuchar tantas personas en la radio!
Falta poco.
- ¿Cuánto falta? –me pregunta Dalal sentada atrás.
- Media hora supongo, no sé.
Un par de meses para que lancen el disco.
Ya rodeados de árboles y por un camino de grandes grietas, de tierra, nos balanceamos en nuestros asientos de un lado a otro.
Llegamos.
- ¡Qué liiiinda casa! –se escucha siete veces.
Me bajo del auto rápido. Quiero investigar. Quiero ver el mar, mi mar, el que en Puerto Montt no dejó de acompañarme y al que yo abandoné por culpa de la universidad y de la vida. Mar al que relego a esporádicas visitas de fines de semana o de vacaciones de verano. Pero el mar no es rencoroso ni mucho menos. El mar me ama y se ha encargado de tenerme siempre cerca. Y por eso Mireia vive junto al mar en Barcelona y no en Madrid o cualquier otra ciudad interior. Por eso ahora que me vaya a vivir con ella a su España el mar seguirá acompañándome. Acompañándonos.
Entonces doy vuelta a la casa y...
II
Estábamos echados en los sillones, cuando se me ocurre decir.
- Esta hueá sería el peor reality del mundo. Ni una pelea, ningún hueón pesa’o o tonto.
Nos reímos.
De verdad lo estábamos pasando muy bien.
Bajábamos a la playa a caminar entre las rocas. Tuve una muy buena y profunda conversación con Andrés. Jugamos cacho y Trivium como locos. Fumaron marihuana con el viento del mar que se las consumía primero. Bailamos con la música conectada al notebook. Leímos las revistas de música que llevó la Lela (la mina más tela que he conocido en muchísimo tiempo). Vimos un devedé de Dave Chapelle, un humorista muy chistoso. Comimos las salsas más ricas que preparaba Paloma.
Martín no habla mucho.
Martín no habla niuna hueá.
Lo hacían sus manos sobre la guitarra, que wow! nos contaban las mejores historias. Es como si hubiera canjeado sus cuerdas vocales (más $200) por cuerdas de guitarra. Por eso para mí era muy bacán verlo cada vez que se reía por alguna estupidez que yo hacía o decía.
- ¡Puta no sé! –se resignó a decir Lela después de tres o cuatro minutos pensando en la pregunta llegando incluso a pararse para ir a la cocina a pensar.
Entonces, antes que Dalal lea la respuesta, digo:
- ¿Era Francis Drake no?
- Ése mismo! Por la chucha! Maldito Johnny Depp y los piratas del caribe… por eso no podía recordar el nombre. ¡Claro que es Francis Drake!
Nos reímos.
Por quincuagésima novena vez nos reímos.
Y yo era tan feliz.
- Ya Pedro nos toca tirar el dado.
- Ah sí! verdad, tíralo tú.
III
Madera, cemento y agua.
Listones de madera clara muy largos como piso de la terraza, un borde de cemento, y el agua celeste intenso de la piscina.
Cuando llegamos a la casa, me bajé del auto y di vuelta a la casa esperando encontrarme con el mar, mi mar, me encontré con la terraza más linda que haya visto en mi puta whole life.
Suspendida sobre un acantilado de unos cincuenta metros, no sé, entre las rocas floreadas por cactus, con todo el horizonte para mí, una terraza de madera, completamente de madera, sencilla, mínimal, con una piscina que pareciera volar. Una piscina celeste con borde de cemento gris claro.
Un rectángulo de agua, pero con sólo tres bordes, porque el cuarto borde no existía. Te tiras en la piscina y si nadas un poco, el agua se escapa por ese cuarto borde inexistente y cae. Nadas viendo cómo el horizonte de la piscina se incrusta en el mismo mar que golpea las rocas allá abajo.
La terraza más linda que haya visto en mi vida.
Estaba despejado, pero el aire del mar era fuerte a esa altura.
El pelo se me pegaba a la cara ahogándome un poco.
- Mi traje de baño, mi traje de baño, mi traje de baño, Mireia debiste venir con tu traje de baño –pienso imaginándome con ella y corro hacia el auto gritando.
El resto, mientras bajaba las mochilas, bolsas y guitarras del auto no entendía porqué gritaba.
- ¡Hueón!, ¡¡¡¡Hay la media piscina!!!!
Me sentía un poco huaso, de hecho cada vez que estoy en un lugar muy imponente o lujoso trato de tomármelo con calma, como si fuera lo más normal del mundo, para no parecer... para no parecer no sé qué.
Pico.
No me iba a estar aguantando hueás, así que salí corriendo y gritando feliz en busca de mi traje de baño.
El resto ya estaba mirando por el borde de la terraza cuando sin que lo notaran yo daba un salto en el aire atrás de ellos para clavarme en el agua sin siquiera enterarme de la profundidad.
Gélida.
Feliz.
IV
Cuando llegué a mi casa, me senté a escribirle una carta a Mireia.
V
Última llamada.
0:55.
Eso indica la pantalla de mi celular.
Se cortó.
Me dijiste que a la tarjeta le quedaba un minuto, y cinco segundos antes que eso se nos cortó. No te dejé casi hablar. Es que estaba eufórico. Feliz.
Te explico.
El fin de semana con mis nuevos (y otros no tan nuevos) amigos, estuvo increíble.
Y todo el sábado y todo el domingo pensé en ti.
Te sentí.
Yo casi nunca tomo, pero los casi 500 ml que le faltaban a la botella de 700 de ron ya estaban en mi estómago, garganta y algo en los labios. El séptimo vaso, lleno en mi mano derecha.
Mi anillo, de matrimonio contigo, dentro del vaso. Quería beber un poco de nuestro amor.Y reconozco que me apuré un poquito en terminar el vaso porque mi dedo lo extrañaba muchísimo.
Eran las cuatro de la madrugada. Mis siete amigos estaban en la terraza junto a la piscina, y yo, solo junto al fuego mirando el mar. Adivinando la línea del horizonte que separaba la noche negra del mar menos negro.
Y escuchaba. Y cantaba esa canción que tú también oíste (y cantaste) todo el fin de semana.
Por eso al día siguiente (ayer) era tan feliz sentado.
De pie.
Ayer justo antes que sonaras en mi celular estaba sentado en el borde de un acantilado cincuenta metros sobre el mar.
Pero yo volaba.
Veía dos barcos muy lejos con los que yo formaba un triángulo.
Y me imaginaba gaviota.
Gaviota inquieta, de uno de los barcos y que decidía volar en busca de los restos de la pesca del otro vértice de este triángulo. Dejar la vida de un barco ruso (adivino yo), sus marinos y amigas gaviotas, por el barco japonés (adivino otra vez) de allá lejos. Apuesto a que en realidad eran de Filipinas.
Dejar esa plataforma móvil que llevaba días alimentándola para, casi por simple antojo, o secreta esperanza, empezar a planear las nubes.
Planear aprovechando el viento.
Planear la hora de partida.
La duración del vuelo.
Ya me imaginaba yo haciendo semejante viaje por sobre el mar anaranjado. Sintiendo las patas en el aire.
- ¡Buena Pedro! –me dice Cristóbal equilibrándose en las rocas de ese acantilado mientras se acerca.
Mis pies volvieron a sentir la piedra firme.
Sólo por seis segundos porque inmediatamente empezamos a hablar de ti y yo volví entonces a perder la sensibilidad de mis tobillos, talones, plantas y dedos.
El cielo estaba violentamente rojo.
El mar gritaba metros más abajo.
Las olas aplaudían.
Yo estaba feliz, sintiendo eclosionar todo mi amor por ti mientras hablaba con mi amigo del alma. Cristóbal.
(Me encantó que fuese él quien estuviese ahí conmigo).
Entonces.
Entre aplausos, gritos, eclosiones y rojo, tirita en mi bolsillo el número gigante que empieza en 34 de tu llamada desde España.
Y empiezo a gritar que te amo como loco, mientras Cristóbal te envía saludos y se va, retomando el rocoso juego del equilibrio.
Estamos solos.
Y vuelvo a gritar que te amo.
Tratas de hablar pero te callo.
- Cállate Mireia. Tee aaammooooooo.
Alcanzas a decirme que tienes apenas un minuto para hablar así que a contrarreloj pedaleo la narración de lo que veo mar abajo, Pedro adentro.
- ¡El cielo está muy rojo!, ¡estoy muy feliz!, ¡estoy en un acantilado!, ¡te amo!, ¡he cantado todo el rato I’ll follow you into the dark!, ¿te dije te amo?
Clac. Se corta.
Las olas vuelven a aplaudir.
Clap.
Clap.
Última llamada.
0:55
Eso indica la pantalla de mi celular.
Y estoy tan feliz de que justo en ese momento hayas llamado, que me pongo a reír como tonto.
Carcajadas Mireia.
Por primera vez en mi vida el amor me hace reír a carcajadas.
Vuelvo a ver el celular por si intentas rediscar.
- ¡Que le responda el aire o el agua, me da igual! –pienso.
Doy cuatro pasos hacia atrás sin parar de reír.
Acabo de tomar una decisión.
Me doblo cual gimnasta.
Dos pasos violentos hacia delante y lanzo lo más lejos que puedo tu voz encerrada por última vez.
Vuela.
Vuela como la gaviota del barco ruso-filipino.
Y cae en picada, como si hubiese descubierto el más jugoso y sincronizado de los cardúmenes.
Desde allá arriba alcanzo a escuchar el ¡splash! que hace mi celular al chocar en el agua.
Y no puedo parar de reír.
De verdad no puedo.
¿Te respondió algún alga cuando volviste a llamar?
13 Opiniones:
Es un post largo, lo sé. Pero no voy a actualizar por unos días el blog.
P
Es largo e intenso y bello. Putas Pedrito que emociones más bellas te recorren. y que hermosas cosas pueden evocar en la versión personal.
Ufffffff.
Un abrazo y una sonrisa para usted y para Mireia.
Ufff... sin palabras (envidio tu intensidad).
Talentoso.
Está bien talentoso el post.
De todas maneras el celular iba a cagar si seguías pateándolo en Beaucheff.
Primero: Nos vamos a meter al gimnasio?
Segundo: El socio que escribió en mi blog está perdido en el mundo... En fin. Uno debía ingresar a su blog para darse cuenta... no?
Tercero: Hay escenas en el mundo del cine que son clásicas. Pero hay una que me hace reir cada vez que la veo... Hoy con el Nico estuvimos intruseando en You Tube y nos encontramos con varias joyitas. Visita el blog de Kvza. Está esa escena que tanto me hace reir.
Cuarto: Nos vamos a meter al gimnasio?
Quinto: AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH YA!
SalU2
T.
1ro. Gracias por tu apoyo, es decir por ese verso que aunque no me solucione nada me hace sentir mucho mejor.
2do. muy bueno tu post. lo mejor es que tus descripciones son mucho mejor que fotografías, por el hecho que uno las puede imaginar.
2ro. te felicito por Mireia, y la felicito a ella por ser tan afortunada.
lo del celular fue notable. de verdad...nunca esperé un final así. vuelta de tuerca.jajaja
Saludos...
Ayer de Juan Emar.
Sí, ése.
puta que lo pasamos bien Pedroo, auque fue un poco chocante llegar a stgo. oye otra cosa la salsa tambien la prepare yo :(
así que ahora Nemo tendrá celular
debo confesar que leí hasta el IV... y ya desde el comienzo me dió lata pensar en mis "amigos"... son charchas... que weá...me imagino que yo también lo seré...pero son una manga que weones lateros que no son capaces de tomar iniciativas, citadinos, el 70% fofos...sin energía...
ya...me apesté...
saludos...
ah
queria decir que no encontraba la manera de poner un comentario.
sobre todo si cada vez (eso lei) le restas importancia..
yo no se ah.
tb esa es una linda playa.
Ok, finalmente te volviste loco...
De amor, pero demente al fin y al cabo...
No pensé que fuese tan rápido en todo caso...
Ahora sabes como razono yo...
Saludos...
PD: Te echamos de menos en la U...
que raro.
Imagino que el texto quedó mejor q si hubiesen fotos...
y eso es raro, muy raro
eso por q soy un defensor de la fotografia..
whatever..
Saludos!
nooo puchaa que lindooo me emocioné con risa
tengo que decir algo.... jajaja es que me da risa pero en fin y na que ver... es que yo tb conozco a una Lela y es periodista jajajajaa
peeeero
no es ella. Porque no tiene casa en Tunquén.
Creo
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