03 mayo 2006

el mercurio miente... ella también (si me pasa por tercera vez me convenzo)

Cuando escribí mi rabia contra la (cito) vieja teñida culiá que se había robado la mesa de centro de un banco saqueado el 1 de mayo, en medio de la masa de pelotudos "anarquistas", deseé que la pasara mal y que su hijo fuera hueveado por sus compañeros de curso.

Por hueona.

Pero esto es mejor.

Portada en el mercurio on line.





Mujer grabada en desmanes del lunes: "Saqué la mesa para proteger a mi hijo"
Miércoles 3 de Mayo de 2006
12:57
El Mercurio en Internet


SANTIAGO.- Patricia Villablanca, la mujer que fue sorprendida hurtando una mesa del banco Santander Santiago en la Alameda, luego que encapuchados saquearan la entidad durante las manifestaciones del 1 de mayo, se expone a penas que van de 61 a 540 días.

Si bien en un principio la mujer negó haber sido la autora de este hecho y modificó su peinado con un corte y tinte de cabello, esta mañana ante la presión y la evidencia de las imágenes, decidió voluntariamente relatar los acontecimientos ante la Fiscalía Centro Norte.

Sin embargo, Villablanca se manifestó molesta por el daño a su imagen, ya que según dijo, tomó la mesa para proteger a su hijo, de 8 años, de los incidentes y posteriormente la dejó abandonada.

"Yo soy una mujer de antecedentes intachables. Yo andaba con mi hijo de 8 años y la lluvia de piedras del cerro Santa Lucía hacia Lira era terrible, porque en ese momento iba pasando carabineros", afirmó.

"Yo sé que lo que hice fue fuera de contexto, pero (lo hice) para proteger a mi hijo", aseguró.

La mujer fue identificada debido a que Chilevisión emitió sus imagenes en forma reiterada y los datos aportados por televidentes determinaron su identidad, lo que le sirvió al fiscal Leonardo de la Prida para interrogarla.



Claro, y su hijito de ocho años la esperaba afuera sorteando guanacos y lacrimógenas (con la nueva ley ya nadie se atreve a sacar las molotov ¿ah?).

Estoy que le creo.

Pero igual heavy que aparezca en el diario.

Parece que cada vez que odio a alguien, algo pasa y su vida se complica.

Me pasó una vez en una discotheque de Puerto Montt.

Tenía 19 (creo) y mi amiga y su pololo 15.

Y estaba el típico imbécil que venía de Santiago, que salía en la TV y que le pagaban medio palo por venir a animar una fiesta al sur.

Entretener.

Cuando era lo más fome de la noche en realidad.

Y decía.

Gritaba.

- ¡Levanten la mano los hombres a los que les gustan las mujeres desnudas!

Típico pobre hue'ón patético.

Me recordaba los chistes de Checho Hirane. Fomes a cagar que usan con desesperación el recurso de lo "picaresco", cuando en realidad sus chistes son pésimos y cumas.

En eso estaba el bailarín sobre el escenario de la discotheque de Puerto Montt, cuando le digo a mi amiga y su pololo pa' callao: "Levanten la mano los que creen que eres un pobre hue'ón".

Ellos dos y yo riendo, levantamos la mano.

Al mismo tiempo en que lo hacían varias minas, porque ahora míster patético había preguntado por los cuerpos desnudos de hombre.

Y nos vio.

- Oye tú, ¿te gustan los hombres desnudos? -le dijo desde el escenario, micrófono en mano, al pololo de mi amiga. Rojo. Avergonzado. Sintiendo que hacía el ridículo delante de su chica y de mí.

Me di cuenta de su angustia.

Y el tipo seguía, cual cobarde.

- ¿Pa' qué te escondes detrás de tu mina?, ése, ése, que se esconde detrás de la mina allá, el fleto.

También me angustié.

Y levanté los dos brazos gritando.

- ¡Yoooo!
- No, tú no, el que está al lado tuyo.

Ya toda la discotheque giraba el cuello cual partido de tenis.

- ¡No, yo!, ¡YO SOY GAY!

Ya no me acuerdo que dijo, pero me dijo a mí todo lo que había planeado decirle a mi quinceañero acompañante. Nadie se rió, obvio, si era fome. Y tampoco me molestó la cantidad de ordinarieces que dijo. Porque sólo eran eso. Ordinarieces.

Sólo sentí una rabia tremenda.

Me sentí bacán por haberle ahorrado una big humiliation al chico de mi amiga, aun cuando todos creyeran ahora que yo era gay. Filo.

Pero con el imbécil estaba emputecido (¿enyegüecido?).

Y sentí odio.

Ganas de que se muriera, de una forma que me cuesta explicar, como cada vez que siento rabia con la injusticia.

Odio.

Dos semanas después, el Negro Said muere en un hospital de Viña.