pedrito y el lobo (2006)
Hace un año dije que me iría lo más al sur posible. De hecho había hecho un par de averiguaciones sobre Porvenir y la Joja, como buena periodista que es, me había dado los datos del encargado nacional de escuelas rurales en Chile.
Sí.
Tenía ganas de mandar a la mierda la física, la matemática y la economía por un año.
A la mierda.
Allá a Porvenir.
Para enseñársela a chicos patagónicos de esos que tienen la piel curtida por el viento, la lana y los arbustos pajosos y amarillentos de la pampa.
Chicos y chicas que pareciera que de otra forma no podrán enterarse sobre agujeros negros, números imaginarios ni teorías de mercado.
Quería robarles el cariño y la atención de sus caras a las ovejas por trasquilar.
Robarles su tiempo de pastores que imagino similares al del Perico que trepaba por Chile y compartir con ellos ese frío, más anhelado hoy, en estos días de calor.
Quería sentirme alejado.
Solo.
Pensar, leer y ojalá escribir.
Pero no lo hice.
Hace cuatro meses pensé que iba a seguir con esto del zen.
Nunca logré meditar, así como dicen que debe ser meditar. En parte porque pasaba preocupado de olvidarme del dolor que me producía estar tres horas casi sin moverme.
Me gustó haber ido esa vez al templo al que fui en el Valle del Elqui, pero mucho más me gustó no haberme engrupido al punto de raparme y decidir aislarme de lo urbano. De lo dolorosamente urbano. De lo sensorialmente urbano.
Es verdad que esos días no pensé en la muerte ni me angustié. Pero algo me dice, además de la opinión de mis rodillas adoloridas, que tengo que entregar unas cosas a mi entorno antes del satori.
Y tampoco volví a intentar el semi loto.
Hace ratito que debí haber ido al psicólogo. Por último para hacer sentir a mi vieja que me preocupo de lo que me está pasando y de cómo me siento por no querer volver a hablar con mi viejo tras su separación.
Soy un fucking racionalista, al que le cuesta aceptar el trueque periódico de las treinta lucas por una hora de atención de un par de orejas a las que probablemente no les alcanzo el puntaje para estudiar medicina o simplemente que no sabían qué otra cosa estudiar. Y psicología parecía tan choro.
Y así es como voy perdiendo todos los papelitos con nombres y teléfonos que me han anotado mis amigos y amigas.
Hace años que pienso que debería tocar algún instrumento. De hecho hace muy poco y tras el concierto de mi vida (The Strokes) hasta pensé seriamente aprender a tocar el bajo.
Pero para variar siempre pienso que ya es muy tarde y tampoco tengo tantas ganas.
El semestre pasado sí que iba a entrar a un taller literario para ver si alguien más pensaba que yo escribía bien o al menos se entretenía leyéndome. Hice un par de intentos pero no le puse mucho pino.
Apareció mi blog y con todos los ramos que tomé para Marzo supongo que tampoco voy a meterme a uno el primer semestre de este año.
Tengo ganas de escribir un libro, pero ¡quién chucha me va a pescar! Seguro y la mitad de Chile alguna vez ha pensado lo mismo.
Y así.
He dicho muchas cosas.
Pero no es cierto que haya visto al lobo todavía.
Sí.
Tenía ganas de mandar a la mierda la física, la matemática y la economía por un año.
A la mierda.
Allá a Porvenir.
Para enseñársela a chicos patagónicos de esos que tienen la piel curtida por el viento, la lana y los arbustos pajosos y amarillentos de la pampa.
Chicos y chicas que pareciera que de otra forma no podrán enterarse sobre agujeros negros, números imaginarios ni teorías de mercado.
Quería robarles el cariño y la atención de sus caras a las ovejas por trasquilar.
Robarles su tiempo de pastores que imagino similares al del Perico que trepaba por Chile y compartir con ellos ese frío, más anhelado hoy, en estos días de calor.
Quería sentirme alejado.
Solo.
Pensar, leer y ojalá escribir.
Pero no lo hice.
Hace cuatro meses pensé que iba a seguir con esto del zen.
Nunca logré meditar, así como dicen que debe ser meditar. En parte porque pasaba preocupado de olvidarme del dolor que me producía estar tres horas casi sin moverme.
Me gustó haber ido esa vez al templo al que fui en el Valle del Elqui, pero mucho más me gustó no haberme engrupido al punto de raparme y decidir aislarme de lo urbano. De lo dolorosamente urbano. De lo sensorialmente urbano.
Es verdad que esos días no pensé en la muerte ni me angustié. Pero algo me dice, además de la opinión de mis rodillas adoloridas, que tengo que entregar unas cosas a mi entorno antes del satori.
Y tampoco volví a intentar el semi loto.
Hace ratito que debí haber ido al psicólogo. Por último para hacer sentir a mi vieja que me preocupo de lo que me está pasando y de cómo me siento por no querer volver a hablar con mi viejo tras su separación.
Soy un fucking racionalista, al que le cuesta aceptar el trueque periódico de las treinta lucas por una hora de atención de un par de orejas a las que probablemente no les alcanzo el puntaje para estudiar medicina o simplemente que no sabían qué otra cosa estudiar. Y psicología parecía tan choro.
Y así es como voy perdiendo todos los papelitos con nombres y teléfonos que me han anotado mis amigos y amigas.
Hace años que pienso que debería tocar algún instrumento. De hecho hace muy poco y tras el concierto de mi vida (The Strokes) hasta pensé seriamente aprender a tocar el bajo.
Pero para variar siempre pienso que ya es muy tarde y tampoco tengo tantas ganas.
El semestre pasado sí que iba a entrar a un taller literario para ver si alguien más pensaba que yo escribía bien o al menos se entretenía leyéndome. Hice un par de intentos pero no le puse mucho pino.
Apareció mi blog y con todos los ramos que tomé para Marzo supongo que tampoco voy a meterme a uno el primer semestre de este año.
Tengo ganas de escribir un libro, pero ¡quién chucha me va a pescar! Seguro y la mitad de Chile alguna vez ha pensado lo mismo.
Y así.
He dicho muchas cosas.
Pero no es cierto que haya visto al lobo todavía.
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