04 septiembre 2005

mi abuelo, el papá de mi papá

No sólo me ponía nervioso cada vez que sentía que se acercaba un auto por detrás perdiendo un poco el equilibrio.

También pasaba que detestaba, tras diez minutos andando, lo rígido que se ponían los únicos nudillos de ambos pulgares.

Filo.

Hace años que no andaba, y desde que mi vieja la compró rebajada junto a la suscripción del diario La Tercera, la había usado apenas una vez.

Me costó un poco meterla en el ascensor y mi peruano conserje amigo me felicitó al verme saliendo, igual a como lo hace por citófono cada vez que llega alguna amiga a mi casa.

Está convencido de que soy todo un latin lover.

Supiera.

Mientras pedaleaba, sentía los músculos de las piernas y pensaba que con un par de meses visitando a mi abuelo así, terminaría con los mismos muslos que los jugadores de Brasil que veinte minutos antes se compadecían de llenarnos la canasta con goles.

Me aireé.

- ¡Hueón!, de verdad sirve para despejar la cabeza. ¡Qué extraño y qué simple es andar en bicicleta en la calle!

Tomé la súper pista de Pedro de Valdivia y me fui contento, adelantando incluso a un chico que con terno y todo, también pedaleaba, eso sí, con los tobillos al aire.

Los dos nos sorprendimos cuando le dije hola.

Yo no iba con los pantalones levantados así, porque me daba un poco lo mismo rajármelos con la cadena.

De hecho hoy me dio lo mismo qué ropa ponerme.

- ¿Todavía usai tu polera del colegio? - dijo mi tío con quien coincidí en la visita dominical a su viejo. Mi abuelo.

San Fco. Javier Pto. Montt.

(Acabo de doblar el cuello para escribirlo textual).

Amarilla.

- Sí po - le respondí.

Mi abuelo estaba feliz de verme.

Cuando llegué, puso una de esas caras que es imposible fingir, de esas que te dicen con franqueza "¡puta qué rico verte!".

Mi abuelo es un fenómeno.

Un viejo culia'o mañoso insoportable.

Uno de los hue'ones más chistosos que conozco.

Un aristócrata paltón de mierda.

Un aristócrata paltón de mierda, consciente y preocupado por la educación de los hijos de su jardinero.

Por eso mi papá salió como salió. Tan solidario. Tan comprometido socialmente. Tan compañero Mapu. Tan exiliado 13 años.

Por eso yo salí como salí.

Tan consciente de mi entorno. Tan preocupado de enseñar, de ser consecuente con mi Chile, antes que de hacer Un Techo Para él..

- ¿Y?, ¿vamos a ir a Italia? - me preguntó.
- Claro, pero levántate primero.
- Mañana me levanto - me respondió.
- Jajaja, ya po.

Hace tres años que está postrado en una cama.

Hace tres años que grita y reclama que se marea, cada vez que tratan de levantarlo entre tres. Porque aparte de calzar 46, mide y pesa un montón.

Pero él quiere ir a la canonización de su amigo.

Del que lo casó con mi abuela y a quien acompañaba en su camioneta verde a recoger niños y niñas bajo los puentes.

El mismo tipo, que toda la clase alta criticaba y tildaba de comunacho por la acidez en sus escritos (¿alguna puta vez han leído algo de él?) y que ahora arman charters para ir a Benedictearlo.

Si me meto en uno de esos paquetes aéreos con mi abuelo, sería el mayor milagro del Padre Hurtado.

Mi abuelo.

Ja.

Nunca me voy a olvidar cuando me vio con mi polera del Ché. Esa que uso exclusivamente con el fin de provocar si sé que iré a un determinado lugar, y que prefiero guardarme en las marchas estudiantiles, para no sentirme como un locoshi de esos que en realidad ni cachan quien fue ese hueón, pero que era "tan capo, tan revolucionario".

- Linda la polera del ché.
- Ja, sí po - le respondí esa vez, el año pasado.
- Yo lo conocí cuando estuvo en Santiago, conversé un par de veces con él.

Me cagué.

Al principio le creí y me estremecí.

Después pensé, este viejo me esta hueveando.

Lo bombardeé con preguntas, le pregunté fechas exactas (que revisé en mis libros apenas volví a mi casa), le pregunté que qué hacía y que qué pensaba.

- Nada, andaba puro hueveando, carreteando.

Me cagué de la risa, y le tuve que creer porque si me hubiera dicho algo sobre su perfil revolucionario, le hubiese tenido que responder que el Ché todavía no había pasado por Chuquicamata, que todavía no cachaba sobre América Latina y que con cue'a sabía quien era Fidel.

Mi abuelo.

El mismo que tenía una editorial.

Pineda Libros.

Más rasca la hueá, por el diseño sesentero lo digo, porque parece que era como top.

- ¿Qué sabe de esta editorial? - le pregunté, yo todo capcioso, a un viejo vendedor de libros usados, en una feria universitaria hace cuatro años.
- Es del viejo Gonzalo Pineda, ¡quién sabe en qué andará ese caballero!.

Mi abuelo.

- Diga aaaa - le decía la enfermera con el tenedor lleno de empanada dieciochera.
- No quiero - respondió frunciendo el ceño.
- Ya pueh don Gonzalo, diga aaaa.
- Mm mm.
- Más porfiado este caballero - me dijo Yolanda mirándome a la cara, todavía con el tenedor en el aire.
- ¡A! - dijo corto y rapidito mi abuelo aprovechando su descuido.

Me reí mucho.

Y de vuelta a casa casi no me importó que la rueda delantera se pinchara, teniendo que caminar varias cuadras con la bici al lado.

A la chucha los muslos de brasileño.

El próximo fin de semana voy en micro a verlo.