Día uno
- Esto es El Molle - me dijo la señora que viajó desde Santiago sentada al lado.
- ¡Ah! gracias - le dije mirando un par de techos entre árboles a través del vidrio.
Me bajé cual película en la que el bus te deja en la mitad de la nada y el chofer te mira extrañado y pensando quizá "y este ¡qué va a hacer aquí! ¿de cuál hierba venden por acá?".
Y se fue levantando el polvo fílmico respectivo.
Apenas crucé el puente y escuché el río, me sentí dentro.
A las siete y media de la mañana sólo estaba este señor en bicicleta con un tercio de su cigarro hecho cenizas.
- Disculpe, sabe, ando buscando un templo de unos monjes budistas ¿lo conoce? - le pregunté seguro de que sabría, pues no mucho más debe haber pasado en ese pueblo los últimos cinco años.
- El Zendo, toma esa calle y avanza casi hasta el final.
- Gracias.
Caminé.
Y llegué. Era muy difícil perderse con esas instrucciones y con ese tamaño de pueblo.
¿Abro la puerta hecha de bambú y entro no más?
¿Grito aló?
Dale, hagamos que estamos con toda la onda, y paz loco, y entro así no más.
- Hola - dije seguramente poniendo la misma cara de pollito respetuoso que vi en todos los nuevos que llegaron los días después.
- Tú eres Pedro, te estábamos esperando - me dijo la que reconocí como la misma voz del día antes por teléfono.
- Me llamo Camilo y él es Jiku San.
Me estiraba la mano un peladito, cincuentón quizá, de la misma altura que yo y que se llamaba sin problemas Patricio Goycolea hasta que se quedó meditando diez años en Japón y pasó a llamarse Silo de Compasión en japonés.
- ¿Quieres comer? - me preguntó.
- Bueno.
- ¿Sabes usar palitos chinos?
- Sí - le respondí acordándome de todas las veces que he terminado con dolor de guata por culpa del sushi con mucho wasabe.
El bol con arroz frío parecía engrudo y las verduras salteadas se las tuvieron que arreglar para ayudarme a comerlo. Sospechaba bien sospechado, que debía terminarlo todo. Por último por humildad y agradecimiento.
- Hoy es día de descanso - me dijo una Milagro argentina con pelo recién crecido salpicando su cabeza - para quienes chevamos mucho tiempo acá es muy necesario tener uno a la semana.
- ¿Vienes a caminar con nosotros? - me preguntó Tai Sen.
Habían pasado un par de horas y seguíamos con el sol del valle en la cara.
Tai Sen caminó todo el rato de espaldas, y yo en vez de pensar que era un payaso me imaginé que podía ser una prueba o algo así, creo que a fin de cuentas me daba un poco lo mismo lo que estuviera haciendo.
Tampoco tenía muchas ganas de hacer preguntas porque qué importaba quiénes éramos o qué hacíamos ahí.
Además, siempre me ha complicado decir que estudio astronomía por la cantidad de cosas que me han dicho de vuelta o la condición en la que se sienten algunas personas. Es un tanto apestoso y a veces hasta agradezco que lo confundan con gastronomía y no sigan preguntando.
- Yo vine porque parece que sé mucho sobre algunas cosas y tengo ganas de no-saber.
Eso fue lo que respondí y quizá la oración más engrupida y sencilla que elucubré cuando me preguntaron por qué había ido al Zendo.
Desde pendejo he sido curioso y más de alguna vez me tropecé con la palabra zen en librerías y bibliotecas, pero ahora tenía ganas de sentirlo más que de saberlo, porque algo conocía de su concepción de la ignorancia.
De saber no sabiendo.
En fin.
Seguíamos caminando y apareció un túnel que atravesaba la montaña, el mismo túnel que hoy, desde el Tur Bus vi como era aplastado por la ladera del cerro de piedra que llegaba hasta el río.
Deben haber sido unos doscientos metros recordando series y películas en las que aparecen túneles y "la luz en el fondo" respectiva.
Fue cuando Tai Sen comenzó a soplar su flauta traversa de madera y Julián su quena, empezando a improvisar hermosamente con el eco de ese oscuro pasillo montañés.
Y yo, pensando qué mierda hacía ahí, caminando con cuatro perfectos desconocidos, deshice la rigidez de mi boca.
Y sonreí.
- ¡Ah! gracias - le dije mirando un par de techos entre árboles a través del vidrio.
Me bajé cual película en la que el bus te deja en la mitad de la nada y el chofer te mira extrañado y pensando quizá "y este ¡qué va a hacer aquí! ¿de cuál hierba venden por acá?".
Y se fue levantando el polvo fílmico respectivo.
Apenas crucé el puente y escuché el río, me sentí dentro.
A las siete y media de la mañana sólo estaba este señor en bicicleta con un tercio de su cigarro hecho cenizas.
- Disculpe, sabe, ando buscando un templo de unos monjes budistas ¿lo conoce? - le pregunté seguro de que sabría, pues no mucho más debe haber pasado en ese pueblo los últimos cinco años.
- El Zendo, toma esa calle y avanza casi hasta el final.
- Gracias.
Caminé.
Y llegué. Era muy difícil perderse con esas instrucciones y con ese tamaño de pueblo.
¿Abro la puerta hecha de bambú y entro no más?
¿Grito aló?
Dale, hagamos que estamos con toda la onda, y paz loco, y entro así no más.
- Hola - dije seguramente poniendo la misma cara de pollito respetuoso que vi en todos los nuevos que llegaron los días después.
- Tú eres Pedro, te estábamos esperando - me dijo la que reconocí como la misma voz del día antes por teléfono.
- Me llamo Camilo y él es Jiku San.
Me estiraba la mano un peladito, cincuentón quizá, de la misma altura que yo y que se llamaba sin problemas Patricio Goycolea hasta que se quedó meditando diez años en Japón y pasó a llamarse Silo de Compasión en japonés.
- ¿Quieres comer? - me preguntó.
- Bueno.
- ¿Sabes usar palitos chinos?
- Sí - le respondí acordándome de todas las veces que he terminado con dolor de guata por culpa del sushi con mucho wasabe.
El bol con arroz frío parecía engrudo y las verduras salteadas se las tuvieron que arreglar para ayudarme a comerlo. Sospechaba bien sospechado, que debía terminarlo todo. Por último por humildad y agradecimiento.
- Hoy es día de descanso - me dijo una Milagro argentina con pelo recién crecido salpicando su cabeza - para quienes chevamos mucho tiempo acá es muy necesario tener uno a la semana.
- ¿Vienes a caminar con nosotros? - me preguntó Tai Sen.
Habían pasado un par de horas y seguíamos con el sol del valle en la cara.
Tai Sen caminó todo el rato de espaldas, y yo en vez de pensar que era un payaso me imaginé que podía ser una prueba o algo así, creo que a fin de cuentas me daba un poco lo mismo lo que estuviera haciendo.
Tampoco tenía muchas ganas de hacer preguntas porque qué importaba quiénes éramos o qué hacíamos ahí.
Además, siempre me ha complicado decir que estudio astronomía por la cantidad de cosas que me han dicho de vuelta o la condición en la que se sienten algunas personas. Es un tanto apestoso y a veces hasta agradezco que lo confundan con gastronomía y no sigan preguntando.
- Yo vine porque parece que sé mucho sobre algunas cosas y tengo ganas de no-saber.
Eso fue lo que respondí y quizá la oración más engrupida y sencilla que elucubré cuando me preguntaron por qué había ido al Zendo.
Desde pendejo he sido curioso y más de alguna vez me tropecé con la palabra zen en librerías y bibliotecas, pero ahora tenía ganas de sentirlo más que de saberlo, porque algo conocía de su concepción de la ignorancia.
De saber no sabiendo.
En fin.
Seguíamos caminando y apareció un túnel que atravesaba la montaña, el mismo túnel que hoy, desde el Tur Bus vi como era aplastado por la ladera del cerro de piedra que llegaba hasta el río.
Deben haber sido unos doscientos metros recordando series y películas en las que aparecen túneles y "la luz en el fondo" respectiva.
Fue cuando Tai Sen comenzó a soplar su flauta traversa de madera y Julián su quena, empezando a improvisar hermosamente con el eco de ese oscuro pasillo montañés.
Y yo, pensando qué mierda hacía ahí, caminando con cuatro perfectos desconocidos, deshice la rigidez de mi boca.
Y sonreí.
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